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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 58

CAPÍTULO 58. Tal para cual

Jordan intentó responder, pero las palabras no salieron. Todo comenzó a dar vueltas, el zumbido en sus oídos regresó con una fuerza insoportable y las luces del techo parecían multiplicarse.

Instintivamente dio un paso hacia atrás intentando recuperar el equilibrio, pero no lo consiguió. Su cuerpo se tambaleó peligrosamente hacia un lado y Katerina abrió mucho los ojos.

—¡Jordan!

Lo vio tratar de sujetarse al respaldo de una silla, pero sus dedos apenas rozaron el metal antes de perder completamente la fuerza. El mundo se volvió negro durante un segundo y su cuerpo cayó pesadamente contra el suelo, haciendo que el golpe resonara en toda la habitación.

—¡Jordan! ¡Una enfermera! ¡Alguien! —Katerina se arrodilló a su lado tratando de despertarlo—. ¡Jordan! ¡Respóndeme!

Pero no hubo respuesta y el miedo le atravesó el pecho mientras se giraba desesperadamente hacia la puerta.

—¡¡¡Enfermera!!! —Su grito hizo eco en todo el pasillo—. ¡¡¡Necesito ayuda, rápido!!!

Katerina sabía que no podía hacer ningún esfuerzo, así que con el corazón golpeándole el pecho, solo le dio la vuelta con todo el cuidado que pudo. Él soltó un leve quejido al cambiar de posición, y entonces ella lo vio: el saco oscuro había ocultado una gran mancha de sangre que comenzaba a extenderse a la altura del omóplato.

—¡Está sangrando! —gritó hacia el pasillo, sin apartar la vista de él—. ¡Rápido, por favor!

Dos enfermeros y un médico entraron apenas unos segundos después con una camilla. Jordan abrió los ojos lentamente y frunció el ceño, completamente desorientado.

—¿Qué...?

—No se preocupe, señor Blackwood —lo tranquilizó el médico mientras comprobaba sus pupilas—. Vamos a levantarlo despacio.

Entre los tres consiguieron incorporarlo y sentarlo sobre la camilla y Jordan hizo una mueca de dolor al mover el hombro izquierdo.

—¿Me desmayé…? —murmuró con una sonrisa cansada.

—No, fue a visitar el suelo porque estaba muy solito —respondió el médico mientras comenzaba a quitarle el saco.

La prenda cayó al suelo completamente empapada de sangre y Katerina sintió que el estómago se le cerraba. Y cuando el doctor terminó de cortarle la camisa, todos comprendieron el origen del problema.

Desde la parte superior del homóplato izquierdo descendía un corte largo y profundo que, probablemente, había pasado desapercibido durante el accidente por la adrenalina y por toda la tensión posterior. La sangre había quedado contenida bajo el saco oscuro hasta que la pérdida había terminado de debilitarlo.

—Necesitamos suturarlo ahora mismo —dijo el médico haciéndole señas a una enfera.

—Yo me quedo con él —intervino Katerina de inmediato.

—Señora...

—Me quedo.

El médico la observó un instante, y como presentía que discutir con aquella mujer sería una pérdida de tiempo, terminó aceptando.

—De acuerdo, pero si se siente mal, sale inmediatamente.

Jordan giró apenas la cabeza hacia ella.

—No tienes que...

—Cállate.

Él sonrió con debilidad.

—Sí, señora Orlenko.

Mientras preparaban el material, Jordan permaneció sentado al borde de la camilla, apoyando los antebrazos sobre las piernas. Una enfermera limpió cuidadosamente la herida y él apretó la mandíbula sin emitir un solo sonido.

—Quince puntos —informó el doctor unos minutos después mientras cortaba el último hilo—. Con esto debería bastar. Pero va a necesitar reposo, antibióticos y dejar de comportarse como si fuera inmortal. Ya supe que saltó delante de un auto y que no se dejó revisar.

Jordan soltó una risa baja.

—No era para tanto —aseguró y el médico lo mató como si estuviera peleando con su conciencia para saltarse el Juramento Hipocrático.

—Bueno… todavía tiene mucha adrenalina en sangre, mañana es cuando va a saber de verdad que sí era para tanto —respondió mirando el hematoma oscuro que ya se le había formado en todo el costado y apretando en puntos estratégicos—. Al menos no tiene ninguna costilla fracturada. Ponle una venda y yo haré el informe —le pidió a una enfermera con un suspiro—. Los pacientes dramáticos son mi pasión.

Pero ni siquiera acababa de decir eso cuando se escuchó un jaleo en el pasillo, alguien derrapó en el pasillo y la puerta volvió a abrirse de golpe.

—¡Jordan! ¡Katerina! —Byron apareció prácticamente sin aliento.

Su mirada recorrió la habitación en cuestión de segundos: Jordan sin camisa y recién vendado; Katerina todavía pálida junto a la camilla; el médico recogiendo el instrumental.

—¿Siguen vivos? —preguntó con evidente preocupación—. ¿Cómo están?

Jordan levantó una mano.

—Cosido.

Y Katerina levantó la otra.

—Embarazada.

Y Byron los contempló unos segundos antes de resoplar.

—¡Maldición! ¡De verdad que ustedes dos son tal para cual!

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