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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 61

CAPÍTULO 61. Antojos de madrugada

Jordan no respondió al primer grito de Jasmine. Tampoco al segundo. Permaneció inmóvil junto a la puerta del despacho de Emerson, con las manos cerradas en puños y la mirada fija sobre las dos mujeres que habían formado toda su vida. Durante años había confundido respeto con evasión. Había llamado responsabilidad a una culpa que ahora le resultaba asfixiante. Y quería terminar con eso.

—¡No puedes hacernos esto! —vociferó Jasmine, con el rostro desencajado—. ¡Soy tu madre!

—Y yo soy tu hijo —replicó Jordan—. Precisamente por eso esperaba algo diferente de ti.

Y como pasa siempre que las máscaras dejan de servir, empezaron a caer una a una.

—¡Todo esto es culpa de esa manipuladora! —espetó Angela y Jordan giró lentamente la cabeza hacia ella.

—No. Todo esto es consecuencia de las decisiones de ustedes.

—¡Ella te puso en nuestra contra!

—Si de verdad lo hubiera hecho seguiría siendo mi esposa —replicó él y Jasmine negó con desesperación.

—Jordan, por favor. Esa mujer te está alejando de tu familia.

Y a Jordan se le escapó una risa breve, amarga.

—¿Familia? —La palabra pareció resultarle casi extraña—. ¿Llamas familia a exigir que mi hijo desaparezca? Porque eso fue exactamente lo que hiciste.

—¡Yo quería protegerte!

—¡No! —Jordan dio un paso hacia ella—. Una madre protege a su hijo cuando alguien intenta hacerle daño. Una madre no exige la muerte de su nieto incluso antes de que nazca. ¡Eso no es protección! ¡Eso es control!

Las palabras parecieron golpearla físicamente y Jasmine retrocedió.

—No sabes lo que dices...

—Lo sé perfectamente. Lo único que lamento es no haberme dado cuenta antes.

Angela apretó los dientes y Jordan pudo ver en sus ojos aquella rabia enfermiza de quien cree que le están robando algo que es suyo por derecho.

—¡Nos estás cambiando por una mujer!

—¡Somos tu sangre! —le gritó su madre.

—Mi hijo también lo es —le dijo Jordan con frialdad—. Y esta vez voy a elegirlo a él.

Jasmine rompió a llorar.

—No puedes echarnos de nuestra propia casa...

—Creo que mi padre me la dejó precisamente para que hiciera eso. Tienen dinero suficiente como para rentar algo digno y vivir culpándose la una a la otra. Lujoso no, pero digno sí, así que váyanse de una vez, o me encargaré de que todas tus amigas de la alta sociedad sepan que ahora eres pobre.

Y Jordan sabía que esa era toda la amenaza que necesitaba, porque Jasmine le tenía más miedo a la apariencia de la pobreza, que a la pobreza misma.

Salieron de la casa sin mirar atrás y Byron no le dio opción aquella noche.

—Te quedas conmigo. Esta vez me apiadaré de ti y te daré un colchón —le dijo y Jordan iba a negarse, pero su primo levantó una ceja—. Tengo Whisky del bueno.

—Entonces no pienso discutir.

Dos horas después ambos estaban sentados en el salón del departamento, cada uno con un vaso de whisky. Hablaron poco, y cuando Byron finalmente se fue a dormir, Jordan se quedó mirando el teléfono durante varios minutos antes de atreverse a escribir.

“¿Cómo estás?”

La respuesta llegó apenas un minuto después.

“Tratando de no vomitar todo lo que como. Parece que alguien muy pequeño decidió declararle la guerra a mi estómago.”

Jordan sonrió sin darse cuenta.

“¿Quieres que te lleve algo?”

Esta vez la respuesta tardó un poco más.

“¿Vas a cumplir antojos de las tres de la mañana desde ahora?”

Y él escribió sin pensarlo.

“Si me dices dónde vives, sí.”

—Está bien.

Abrió la puerta abrió la puerta para encontrar a Jasmine y Angela sentadas frente a su escritorio; y las dos se levantaron al mismo tiempo.

—Jordan... —comenzó Jasmine.

Él dejó el portafolio sobre el escritorio.

—Tienen cinco minutos.

—Hemos pensado mucho estos días —se adelantó Angela—. Y… mamá y yo hemos decidido que… bueno, que aceptaremos a Katerina. Y aceptaremos al bebé.

Pero sin importar las palabras que salieran de su boca, igual parecía que se estaba mordiendo la lengua por tener que decirlas.

—Qué generosas. Pero ya no se me ocurriría poner a mi hijo en una situación donde tenga que depender de la buena voluntad de ustedes.

Jasmine negó con frustración.

—¡Jordan! ¡Somos tu madre y tu hermana!

—También son dos personas que me mintieron demasiadas veces. Y eso es lo que ocurre cuando alguien convierte la mentira en una costumbre: quizás estén diciendo la verdad... pero yo ya no quiero creerles.

Angela golpeó el escritorio, pero Jasmine comprendió que la conversación había terminado.

—Vámonos —siseó—. No puedes hablar con un hombre que no quiere escuchar.

Y era cierto, Jordan ya no quería escucharlas. Solo quería recuperarse y sobrevivir entre los dos o tres mensajes que intercambiaba con Katerina cada noche para preguntarle por el bebé.

Tres días más tarde, Byron apareció en la puerta de su despacho con cara de malas noticias, de esas que tenían que tapar con algo fuerte.

—Cena, informes y coñac —advirtió y Jordan apretó los dientes.

—Si no se puede evitar… —masculló levantándose de la silla… o al menos intentó hacerlo, porque apenas apoyó el peso sobre las piernas sintió que algo no funcionaba.

Las rodillas no respondieron, como si sus músculos se hubieran convertido en piedra por un instante, y el aire comenzó a escapársele lentamente de los pulmones mientras permanecía paralizado frente al escritorio.

—No… ¡no, no!

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