CAPÍTULO 62. Una desesperación distinta
Jordan permaneció inmóvil. El impulso de avanzar salió de su cabeza con absoluta normalidad, pero sus piernas simplemente no obedecieron. Fue apenas un segundo. Quizá dos. Lo suficiente para que una descarga helada le recorriera la espalda.
Intentó mover el pie derecho. Nada. El izquierdo. Nada. Solo sentía una presión extraña, como si ambas piernas hubieran dejado de pertenecerle. Entonces, tan repentinamente como había aparecido, la sensación desapareció. Los músculos reaccionaron, las rodillas recuperaron fuerza, los pies volvieron a sostenerlo.
Jordan respiró profundamente mientras apoyaba una mano sobre el escritorio.
—¿...Jordan?
La voz de Byron llegó desde la puerta. Él levantó la vista y su primo frunció el ceño apenas verlo apoyado contra la madera.
—¿Estás bien?
—Sí... creo. —Pero Jordan tardó un segundo en responder y Byron entró al despacho.
—¿Qué pasó?
—No lo sé. —Jordan negó despacio con la cabeza. Flexionó una pierna, luego la otra. Todo parecía normal—. Sentí un... calambre extraño.
—¿En las piernas?
—Sí. —Se pasó una mano por la nuca—. Fue raro. Quise caminar y simplemente... no pude.
—¿Te sigue pasando?
Jordan dio unos pasos por la oficina, sintiendo que las piernas respondían perfectamente.
—No. —Se obligó a sonreír—. Seguro fue por pasar demasiadas horas sentado.
Pero mientras pronunciaba aquellas palabras, algo dentro de él ya no estaba tranquilo. No era el dolor. Ni siquiera había sido dolor. Era la absoluta ausencia de respuesta. Y aquella sensación permaneció instalada en algún rincón de su cabeza como si tuviera renta permanente.
Y seguía allí incluso cuando aquella misma tarde cruzó el vestíbulo de Orlenko Capital Trading. La recepcionista apenas tuvo tiempo de saludarlo antes de verlo dirigirse directamente hacia el ascensor privado, y cuando llegó al piso ejecutivo, la asistente de Katerina sonrió.
—Buenas tardes, señor Blackwood.
—¿Está ocupada?
—Con el señor Orlenko y el señor Rivera, enseguida le aviso para que lo atienda.
Pero en ese momento el chico de la mensajería interna de la empresa llegó, y mientras la asistente se ocupaba firmando de recibido, Jordan se acercó a la puerta.
Estaba apenas entornada, y sin proponérselo escuchó la conversación antes de anunciarse.
—...la ventana de oportunidad no va a durar mucho —decía Angel Rivera con su habitual tono relajado—. Si quieres entrar al Grupo Rivera con esa participación, vas a tener que viajar conmigo a California cuanto antes.
Katerina hojeaba el expediente abierto frente a ella.
—Ya revisé todos los estados financieros. —Levantó la vista—. Los números realmente son excelentes.
Angel sonrió satisfecho.
—¡Por eso te lo digo!
—Pero sí es cierto que quiero volver a visitar la empresa antes de firmar. No entro ahí desde que era adolescente —declaró ella y Alexei soltó una risa.
—¿Desde la época en que ustedes dos se robaban el vino de la bodega? —preguntó.
—¡Y encima vino sin terminar! —se carcajeó Angel—. ¡Pero oye! ¡Ahora podemos lanzar una nueva línea de vino sin alcohol especialmente para ti!
Katerina soltó una pequeña carcajada.
—¡Pues no está mal! ¡Seguro sería un éxito entre las embarazadas!
Angel cerró la carpeta entonces.
—Perfecto. Entonces iré sacando los boletos —dijo y en ese momento llamaron suavemente a la puerta y la asistente de Katerina se asomó.
—Disculpen la interrupción —dijo mirando a su jefa—. El señor Blackwood está aquí para verla.
Los tres giraron hacia la entrada, donde Jordan permanecía de pie con ambas manos dentro de los bolsillos del pantalón; y Angel intercambió una mirada rápida con Alexei.
—Creo que nosotros podemos seguir revisando el resto en la sala de juntas —dijo y Alexei comprendió inmediatamente.
—Claro.
Los dos salieron del despacho por una puerta lateral sin hacer comentarios. Un instante después, la puerta volvió a cerrarse y solo quedaron ellos dos.
Jordan avanzó despacio.
—Hola.
Una semana. Iba a ser infinita, pero sabía que no tenía derecho a pedirle nada, aunque se le estuviera retorciendo una tripa por verla irse con “el risitas” de Angel.
—Entonces… —Hizo una pequeña pausa—. Supongo que solo puedo desearte un buen viaje y… estaré esperando a que regreses.
Por un instante la tensión pareció solidificarse, y luego Jordan señaló su vientre.
—¿Cómo… cómo te sientes?
—Mucho mejor. Y el bebé también parece estar bien. Supongo que tus galletas hicieron buen efecto.
Jordan sonrió con un alivio imposible de esconder.
—Me alegra —susurró dándose la vuelta, pero cuando ya estaba a dos pasos de la puerta, la voz de Katerina lo detuvo.
—Jordan… —Él giró lentamente mientras ella lo observaba con atención—. ¿A qué viniste realmente? ¿Solo querías preguntarme por el bebé?
Él se quedó pensativo durante unos segundos. Luego volvió sobre sus pasos y metió nuevamente las manos en los bolsillos.
—Hay algo que me ha estado dando vueltas en la cabeza —murmuró—. Tú pasaste más tiempo con mi padre que cualquiera durante sus últimos meses.
Katerina asintió.
—Sí.
—Yo… siempre supe que tenía una enfermedad degenerativa. —Jordan bajó la mirada—. Pero no logro recordar cómo se llamaba exactamente.
Ella frunció ligeramente el ceño y no supo qué, pero una pequeña alerta se encendió dentro de ella.
—¿Por qué piensas en eso ahora?
—Porque me di cuenta de algo —respondió él—: Nunca me preocupé realmente por entender lo que tenía. —Su voz sonaba extrañamente tranquila—. Solo me ocupé de las consecuencias. Me aseguré de que la empresa siguiera funcionando. —Respiró profundamente—. Estuve donde él ya no podía estar. Ocupé su lugar. Protegí casi todo lo que él quería proteger… pero nunca me detuve a pensar qué era exactamente lo que estaba sintiendo.
El despacho quedó completamente en silencio y Jordan pasó saliva.
—Administré las consecuencias, pero tuve miedo de ponerle nombre y fecha a la enfermedad que se las estaba provocando.
Y solo entonces ella comprendió de verdad el origen de su pregunta.
—Tienes miedo de que sea hereditario.

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