CAPÍTULO 63. ¿Por cuánto tiempo?
Y no era una pregunta, era una certeza. Quizás no conocía del todo al hombre que había sido su esposo, pero Katerina era la clase de mujer que podía oler el miedo como los tiburones olían la sangre.
—¿Te has sentido mal en estos días? —lo interrogó y Jordan no tardó en responder.
—No... no es eso.
La respuesta llegó demasiado rápida y sonó poco convincente incluso para él. Katerina apoyó una cadera contra el borde del escritorio y cruzó los brazos con serenidad.
—Tu padre tenía ELA —le explicó—. Y sí, existe una forma hereditaria, pero representa un porcentaje pequeño de los casos. La mayoría aparecen sin antecedentes familiares.
Jordan dejó escapar el aire lentamente.
—Así que todavía tengo posibilidades.
Ella negó con una leve sonrisa.
—Jordan... la ELA solo es hereditaria en un porcentaje reducido de pacientes. No tienes ningún motivo para pensar que precisamente te tocó esa parte.
Y él intentó devolverle la sonrisa.
—No ¿verdad? Tampoco tengo tan mala suerte.
—No la tienes.
La seguridad con la que ella respondió hizo que durante un instante el peso sobre su pecho disminuyera mientras Katerina daba un paso hacia él.
—Dentro de una semana estaré de vuelta. Podemos hablar con más calma sobre tu padre cuando regrese.
Jordan asintió despacio.
—Aquí estaré —le aseguró y sus ojos descendieron involuntariamente hacia el vientre de Katerina—. Cuídate.
—Lo haré —respondió ella y Jordan añadió con una ternura que ya no intentaba ocultar:
—Y cuida al bebé.
Ella sostuvo su mirada durante un instante más antes de asentir.
—Lo haré.
Jordan hizo de tripas corazón, y salió del despacho sin volver la vista atrás. Aquella noche regresó al hotel, necesitaba recoger varios documentos importantes y aprovechar para elegir dónde iba a vivir de forma permanente de una vez por todas.
Así que esa noche terminó trabajando hasta muy tarde, los documentos se desparramaron sobre la almohada y terminó quedándose dormido. Quizás el cansancio acumulado le provocó aquel sueño pesado, por eso cuando la alarma comenzó a sonar poco antes de las siete de la mañana, él se despertó todavía aturdido.
Abrió los ojos con dificultad, apagó el teléfono y salió de la cama… y entonces todo desapareció.
Sus piernas cedieron de inmediato, el cuerpo entero se le desplomó hacia adelante y el golpe contra el suelo fue seco. Jordan soltó un jadeo de sorpresa mientras permanecía tendido boca abajo, completamente inmóvil, pero lo peor llegó después: intentó mover los pies y no ocurrió nada, absolutamente nada.
El pánico le atravesó el pecho, se incorporó apoyándose en los brazos y miró sus propias piernas. Las veía, podía mover ligeramente las rodillas, pero debajo de ellas… no sentía nada.
—No...
Dio varios tragos sin apartar la vista de los documentos, pero había mucho allí que no entendía. Finalmente, una pregunta lo hizo detenerse.
—¿Quién era el médico de papá? —la increpó mientras comprendía algo que lo avergonzó profundamente: Ni siquiera sabía quién había tratado a su padre durante todos aquellos meses.
Jasmine suspiró.
—Es el doctor Collins.Voy a llamarlo.
Tomó el teléfono que traía en el bolsillo de su vestido, pero antes de marcar, escuchó un golpe seco y ni siquiera tuvo que preguntarse qué era: Jordan acababa de desplomarse junto al escritorio, haciendo que la carpeta cayera abierta sobre el suelo.
Jasmine ni siquiera se movió y Angela apareció casi de inmediato en la puerta. Miró a Jordan inconsciente y luego dirigió la vista hacia su madre, y su voz descendió hasta convertirse en un susurro.
—Bueno… supongo que fue buena idea poner el químico en las botellas de agua de su oficina. Así nadie podrá culparnos.
Jasmine dejó el teléfono sobre el escritorio y se arrodilló junto a Jordan para comprobar que seguía respirando.
—Llama al doctor —ordenó—. Dile que prepare todo. —Levantó la vista hacia su hija—. Vamos a llevar a Jordan ahora mismo.
Angela tomó el teléfono y se cruzó de brazos con un gesto de fastidio mientras preguntaba en voz baja:
—¿Cuánto tiempo va a durar esta farsa?
Jasmine acomodó cuidadosamente la cabeza de Jordan. Su expresión ya no mostraba angustia alguna, solo cálculo.
—Hasta que recuperemos la empresa —sentenció—. Matarlo ahora no serviría de nada. Con el embarazo de la zorra esa, si Jordan muriera hoy, todo terminaría pasando al niño. Lo que necesitamos no es un heredero muerto. —Y sus labios dibujaron una sonrisa apenas perceptible—. Lo que necesitamos es un hombre incapaz de conservar el poder sobre la empresa... para poder quitársela y venderla.

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