CAPÍTULO 64. Segunda opinión
La primera sensación que tuvo Jordan al despertar fue el frío. Después llegó el ruido constante de una máquina. Y finalmente una voz.
—No se mueva, señor Blackwood.
Jordan abrió lentamente los ojos. Sobre él giraba el aro blanco de una máquina de tomografías, mientras la camilla avanzaba muy despacio por el interior del equipo.
Intentó incorporarse por reflejo, pero estaba atado a la camilla.
—No se mueva todavía —repitió el médico desde el otro extremo de la sala—. Ya casi terminamos.
Jordan volvió a cerrar los ojos unos segundos. Tenía la cabeza pesada y un sabor metálico en la boca. No recordaba cómo había llegado allí. Lo último que conservaba con claridad era el despacho de su padre... los expedientes médicos... la botella de agua... y después, nada.
La camilla salió lentamente del equipo y dos enfermeros comenzaron a trasladarlo hacia el pasillo. Todo ocurría demasiado deprisa para poder ordenar sus pensamientos, y a la vez, el mundo iba tortuosamente lento.
Pocos minutos después lo instalaron en una habitación privada, y él logró incorporarse sobre la cama mientras intentaba recuperar completamente la conciencia.
Desde el pasillo escuchaba dos voces. Una lloraba desconsoladamente, la otra intentaba consolarla; y él reconoció ambas al instante: Jasmine y Angela.
Cerró los ojos porque no quería escucharlas. Apoyó las manos sobre el colchón e intentó levantarse, pero las piernas volvieron a fallarle. No tanto como aquella mañana, pero lo suficiente para obligarlo a volver a sentarse.
Apretó los dientes con rabia, pero antes de que pudiera asimilarlo, llamaron suavemente a la puerta y entró un hombre de unos sesenta años con bata blanca y una carpeta bajo el brazo.
Se acercó despacio y se sentó en una silla cercana.
—¿Cómo se siente, señor Blackwood?
Jordan levantó la vista.
—Confundido.
—Comprendo, pero ahora mismo necesito explicarle lo que está pasando.
Miró hacia la puerta, una enfermera entendió la indicación y salió al pasillo para pedirles a Jasmine y Angela que esperaran unos minutos más.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, el médico abrió la carpeta y respiró hondo.
—Señor Blackwood... ya tenemos los resultados de sus estudios.
Jordan sintió cómo el pecho comenzaba a tensarse.
—Su padre padecía esclerosis lateral amiotrófica, más conocida como ELA.
—Lo sé. —Jordan tragó saliva.
—En su caso… —El hombre bajó la vista hacia el expediente—. Todo indica que usted presenta la misma enfermedad.
El mundo pareció detenerse ene se momento y Jordan no dijo una sola palabra.
—Se trata de una forma hereditaria. —El médico continuó hablando con una serenidad casi mecánica—. Por desgracia, debemos asumir que la enfermedad continuará progresando.
Jordan seguía completamente inmóvil, en shock.
—Con el tiempo irá afectando otras funciones motoras.
Aquellas palabras tardaron varios segundos en llegar hasta él.
—No...
—Entiendo que sea difícil de aceptar. —El doctor Collins mantuvo la compostura y Jordan negó lentamente.
—No...
—Necesito hacerle algunas preguntas… —Jordan apenas lo escuchaba—. ¿Cuenta con una red de apoyo?
Él permaneció varios segundos mirando un punto fijo de la habitación.
—De momento… —Su voz apenas salió—. No.
El médico tomó una nota rápida.
—Entonces lo mantendremos algunos días en observación. Después su madre podrá hacerse cargo de usted.
Y eso fue lo único que hizo que Jordan reaccionara de inmediato.
—¡No! —sentenció y Collins frunció ligeramente el ceño—. No quiero verla. —Hubo un breve silencio y Jordan respiró tratandod e no quebrarse—. Quiero una segunda opinión.
El semblante del médico cambió apenas un instante.
—Señor Blackwood...
—¡Quiero otro especialista!
—Ya realizamos todas las pruebas pertinentes.
—¿Qué está pasando? —lo interrogó y Jordan le entregó la carpeta.
—Dicen que tengo lo mismo que mi padre.
—¿Qué? —Byron abrió mucho los ojos.
—No siento parte de los pies… no puedo caminar.
—¿¡Desde cuándo!?
—Unas horas… pero no me conformo con ese diagnóstico.
Byron hojeó rápidamente los documentos.
—¿Qué quieres que haga?
—Llévate todo. —Jordan señaló varias hojas y pasó directamente a la tomografía—. Especialmente esto. Quiero que otro especialista la vea.
La mandíbula de Byron se tensó con impotencia y luego asintió.
—Yo me encargo. Conseguiré al mejor médico para revisarlo.
Mientras tanto, en el pasillo, Angela y Jasmine apretaban los puños ante la escena y se alejaron para buscar al doctor Collins. El hombre las condujo hasta un rincón apartado y Angela fue la primera en hablar.
—Jordan no es tan manejable como lo era mi padre —gruñó y el médico frunció ligeramente el ceño.
—Ya lo noté.
—Puede convertirse en un problema —siseó Jasmine.
El hombre permaneció pensativo unos segundos, luego respondió con absoluta frialdad.
—Entonces tendremos que conseguir la custodia de inmediato.
Angela arqueó una ceja.
—¿La custodia de un hombre adulto? ¿Eso se puede conseguir?
Y el doctor asintió con malicia.
—No es imposible. Si un psiquiatra concluye que el paciente carece de capacidad para tomar decisiones por sí mismo, un juez puede nombrar a otra persona para asumir determinadas decisiones médicas o patrimoniales, dependiendo del caso. Todo está en encontrar a las personas adecuadas… y pagarles bien.

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