CAPÍTULO 9. Esta noche se termina todo.
Angela se llevó la mano al cuello como si tratara de defender su alma. Los ojos de Katerina echaban chispas; por primera en mucho tiempo estaba perdiendo el control y no le importaba en absoluto.
—¡Katya… no sé de qué hablas…!
—¡Sabes perfectamente de qué hablo! Ese collar era de mi abuela, es lo más valioso que me heredó! ¡Quítatelo, ahora! —exclamó con autoridad.
Un segundo después Jordan se acercaba a ellas, impaciente por la hora, y la señora Jasmine se adelantó lista para pelear.
—¡¿Qué le estás haciendo a mi hija?! —gritó, y Katerina la miró como si fuera un insecto.
—¡Tu hija está usando el collar de mi abuela sin mi consentimiento! —siseó entre dientes.
—¡Eso no es cierto! Yo le di ese collar para que lo usara a juego con su vestido —replicó Jasmine con altanería.
—¡No me cuentes! ¿Tenías un diamante morado escondido con el resto de tus joyas falsas? —escupió Katerina—. ¡No le diste nada porque no es tu collar, y si lo tenías fue porque tú y tu hija se lo robaron de mi cuarto esta tarde!
Katerina la vio venir, pero no se apartó. La bofetada le cruzó la cara con un sonido seco que hizo reaccionar a Jordan como un resorte, poniéndose entre ella y su madre para detener la segunda bofetada.
—¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?! ¡No puedes golpear a mi esposa! —le gritó a Jasmine.
—¡¿No escuchaste cómo nos ofendió!? ¡Me llamó ladrona en mi propia casa! ¡Ladrona de mis propias joyas! ¡Sí, tengo un diamante morado ¿y qué?! ¡Yo sí puedo pagarlo! ¡Una arrastrada como tú es la que no podría tener una herencia como esa! —espetó Jasmine y Jordan se giró hacia Katerina.
Apretó el puño con impotencia al ver la marca roja en su mejilla y dijo dos palabras que ya no importaban.
—¿Estás bien?
Katerina sintió que la sangre le hervía, así que no se molestó en responder a eso.
—Ese collar tiene mi nombre y el nombre de mi abuela —escupió con rabia—. ¡Dile que se lo quite, ahora! O te juro que ninguno de ustedes será capaz de enfrentar las consecuencias.
Y por primera vez desde que la conocía Jordan vio un odio real, turbio y peligroso en los ojos de su esposa.
—Quítatelo —dijo mirando a Angela de reojo.
—¡Jordan, no puedes creerle! ¡Este collar es mío, mamá me lo regaló!
—¡Jordan, ¿cómo puedes decirle eso a Angela! ¿La vas a humillar por esta mujer? ¡¿No te das cuenta de que solo está haciendo una escena de celos porque no la llevas esta noche?!
Y esa era la etiqueta: ella era exagerada, celosa, ella era la villana.
—Jordan si quieres me quito el collar… —sollozó Angela manipulando el cierre—. Es mío, te juro que es mi collar, pero si ella lo quiere… Mamá ayúdame… ¡Dios, esto no sale!
—¡Jordan, tenemos que irnos a la firma! —exclamó su madre con tono tajante—. ¡No podemos llegar tarde con el señor Orlenko!
—Pueden llegar a la hora que quieran —siseó Katerina—. Si no se quita ese collar ahora mismo, no vas a firmar ningún contrato esta noche.
Y para un hombre como Jordan Blackwood, un ultimátum era como un ataque directo.
—¿Me estás amenazando? —siseó mirando a su esposa a los ojos.
—Te estoy advirtiendo. Tu hermanita puede quedarse con lo que quiera. Tu mansión, tu empresa… contigo… no me importa. Pero no se va a quedar con el recuerdo de mi abuela.
Por un segundo vio la joya en el cuello de Angela. Los diamantes morados eran una rareza, si aquello era auténtico no debía valer menos de cincuenta millones de dólares…
—No, no puede ser de Katerina… ella no tiene nada… —pensó en voz alta mientras alguien más lo saludaba—. Pero jamás he visto a mi madre comprar nada tan caro…
Sin embargo, antes de que aquella duda se asentara en su cabeza, la mano de Angela apretándose contra su brazo lo hizo reaccionar.
—¡Es el señor Orlenko! ¡Ya está llagando!
La sala se revolvió expectante, y un segundo después un hombre de unos sesenta años, de porte impecable, traje a medida y zapatos italianos apareció en la puerta. Alexei Orlenko era una leyenda desde joven, pero no había expuesto públicamente su apellido hasta hacía pocos años, cuando ya su imperio ni siquiera se podía calcular.
Avanzó despacio, del brazo de su esposa, mientras todos lo saludaban con profunda cortesía, y se detuvo frente a su nuevo socio.
—Blackwood… parece que llegó la noche de la verdad —sonrió estrechando su mano con fuerza y Angela enseguida le ofreció la suya.
—Señor Orlenko, es un placer firmar con usted esta noche —dijo deshaciéndose en halagos—. Soy Angela Blackwood, la esposa de Jordan.
Y él se puso rígido, Alexei Orlenko pudo notarlo, tanto como notó que a pesar de la incomodidad no la corrigió.
Por un segundo sus ojos se detuvieron en aquel collar que llevaba, pero luego tomó su mano y le besó el dorso con la educación de un caballero.
—Angela Blackwood, esposa de Jordan Blackwood —repitió—. Debo confesar que me asombra ver que usted es la esposa detrás de este contrato.
Y por primera vez desde que la noche había empezado una alarma sonó en la cabeza de Jordan.
—¿La esposa detrás del contrato? ¿Qué quiere decir?

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