CAPÍTULO 84. La mejor estratega
El silencio cayó sobre la habitación, pero Jordan lo miraba como si su padre no solo hubiera revivido milagrosamente, sino como si tratara de decirle que los planetas ya no giraban alrededor del sol.
—¿Qué...?
—Que no estoy enfermo de ELA, Jordan, nunca lo estuve. Y tú tampoco la tienes.
Jordan sintió que el mundo volvía a detenerse, pero Emerson sostuvo su mirada.
—A ninguno de los dos nos estaba matando una enfermedad. —Y eligió hacer una pausa antes de pronunciar las palabras que cambiarían para siempre la vida de su hijo—. Nos estaban envenenando.
Jordan cerró los ojos durante un instante y su cuerpo cayó sobre la almohada como si hubiera perdido el resto de sus fuerzas.
Las discusiones. Las firmas. Los medicamentos. Las dosis. Las amenazas. Todo encajó de golpe y volvió a abrir los ojos lentamente.
—Mamá… —murmuró como si ya no hubiera forma de negarlo, aunque tampoco podía negar esa mezcla de incredulidad y dolor—. Y Angela.
Emerson se sentó mejor en la cama y apoyó las dos manos en su bastón. Había recuperado parte de sus fuerzas, pero el cansancio seguía dibujándose en cada uno de sus movimientos. Y Katerina permaneció de pie junto a la ventana, dejando que fueran padre e hijo quienes hablaran.
—Todo empezó hace dos años, solo que yo no lo sabía —le contó Emerson—. Hasta el último día realmente pensé que estaba enfermo. Desde el principio me cansaba con facilidad, perdía el equilibrio, las piernas dejaron de responderme y los médicos comenzaron a hablar de una enfermedad neurodegenerativa. No tenía motivos para desconfiar de nadie.
Guardó silencio un instante antes de continuar.
—Hasta que una noche escuché una conversación que jamás debí escuchar.
Jordan levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué conversación?
—Jasmine y Angela creían que yo dormía después de darme un sedante en el té. La verdad era que la taza se me había derramado y yo no había dicho nada por vergüenza, así que no estaba lo bastante inconsciente. Entraron a mi habitación y hablaron sobre las dosis. Angela dijo que si firmaba el testamento final las dejaría sin nada, que ya era hora de terminar lo que habían empezado dos años antes.
Jordan sintió un escalofrío.
—Dos años...
—Esto fue lo que nos dieron —suspiró Emerson entregándole un pequeño frasco con un líquido tranparente—. Nitrilo IDPN. Produce síntomas extraordinariamente parecidos a ciertas enfermedades neurológicas. La pérdida del equilibrio, la debilidad muscular, los problemas para caminar...
Jordan cerró los ojos y recordó cada conversación sobre su padre, cada diagnóstico, a Collins hablando de una enfermedad irreversible.
—Ahí lo entendí… que no iba a llegar vivo al día siguiente. Así que llamé a la única persona en la que confiaba.

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