Macarena se volteó, desconcertada.
La noche estaba tan oscura que parecía tragarse todo a su paso, y la luz amarilla de los postes caía sobre la calle como el suspiro de un anciano cansado, apenas alumbrando el camino.
Fermín vestía solo una camisa blanca y un chaleco negro; la tenue luz lo cubría, y, a diferencia del hombre imponente y duro de antes, ahora había en él algo más humano, casi vulnerable.
Quizá porque había venido corriendo, Fermín respiraba agitado.
Solo cuando ella se volvió a mirarlo, él empezó a disminuir el paso, y terminó caminando hacia ella con el cuerpo pesado, como si cada paso le costara trabajo.
Ese día, Fermín parecía un niño al que le habían quitado su juguete favorito.
No era el mismo hombre que Macarena había conocido.
Al verlo, todas las palabras que ella tenía listas para lanzarle, llenas de ironía y rabia, se le atoraron en la garganta.
—¿Qué te pasa? —preguntó Macarena, y su tono, sin darse cuenta, se suavizó.
Fermín se detuvo, como si la pregunta lo hubiera frenado en seco.
¿Qué le pasaba?
Ni él mismo podía decirlo.
Miró el viejo y descuidado edificio donde Macarena alquilaba un cuarto diminuto, y sintió un nudo en el pecho, una tristeza inexplicable que lo apretaba por dentro.
Hasta hace poco, Fermín había pensado que ella vivía ahí para provocarlo, buscando llamar su atención.
Pero recién lo había entendido.
No era un berrinche ni una estrategia para dar lástima.
Ella, en verdad, no tenía dinero.
—¿Por qué no lo dijiste? —tras un largo silencio, su voz sonó más grave—. Lo de los gastos de la casa... no fue que te los negara, es solo que... se me pasó.
Macarena soltó una pequeña sonrisa.
—Se te pasó.
Lo de Abril, eso sí que Fermín no lo olvidaba nunca.
Incluso recordaba la diferencia de horario donde ella estaba y procuraba llamarla cuando no estuviera descansando.
—Sí, algunas cosas que no te importan, terminas olvidándolas —dijo Macarena con calma—. ¿Solo viniste por eso?
Su indiferencia le pesó a Fermín más que cualquier grito.
Con el tema del hijo, ella también había respondido así.
Le habría sido más fácil lidiar con su enojo, con sus lágrimas, con una pelea, que con esa calma que no le dejaba ni la oportunidad de explicarse.
Fermín sentía el pecho apretado.
—No va a pasar de nuevo —dijo, mirándola fijamente—. Macarena, ven conmigo a casa.
—¿A casa?
Macarena sintió que estaba escuchando una mala broma.
Fermín insistió:
Recordó que, poco después de casarse, en un viaje de trabajo al extranjero, Macarena le pidió un regalo. Por no complicarse, aprovechó una visita a un vivero y le compró una peonía. Ella la trasplantó a una maceta bonita y la cuidó todos los días en la casa, regándola, podándola, dándole vida.
Jamás pensó que Macarena la conservaría tanto tiempo.
Tampoco que después de cinco años, la tiraría así de fácil.
Fermín se quedó quieto, sintiendo que, para Macarena, esa peonía era él, o lo que quedaba de su relación.
Intentó decir algo, pero la garganta se le cerró.
—¿Cinco años cuidándola, y la tiras así? —preguntó, casi sin voz—. ¿De verdad?
Macarena entendió lo que pasaba por su mente y dejó escapar una risa suave, despreocupada.
—Sí, cinco años. Al principio, me costó trabajo dejarla ir.
—Pero después me di cuenta: cinco años son solo un número.
—Si quiero, puedo tener otros cinco, y luego otros cinco más. No vale la pena quedarse atada a uno solo.
Porque, al final, aferrarse al pasado y mirar cómo todo se pudre, solo deja tristeza.
Apenas terminó de hablar, Fermín la tomó del rostro y la obligó a mirarlo de frente.
Los ojos de él estaban enrojecidos.
Habló con voz baja y tensa:
—¿Así de fácil? ¿Entonces qué soy yo, Macarena? ¿También piensas tirarme a la basura?

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