Macarena se quedó paralizada, mirando los ojos enrojecidos de Fermín. Pensaba que lo que había dicho no tenía ningún sentido.
Fermín no necesitaba que ella lo echara, él siempre se iba solo.
Durante todos estos años, lo que más había visto era su espalda alejándose.
Aunque eso pensaba, Macarena no tenía ganas de discutir ese tema absurdo con él.
Asintió con firmeza y afirmó:
—Sí, tú, Sabrina, la familia Gómez, todo lo que alguna vez me gustó de ti, ya no lo quiero.
Apenas terminó de hablar, notó que los ojos de Fermín se ponían aún más rojos.
En sus pupilas oscuras aparecieron emociones que ella no supo descifrar.
Rabia.
Frialdad.
Peligro.
Parecía estar furioso como otras veces, pero ahora había algo diferente, una mezcla de emociones que no lograba entender.
Sintió un escalofrío y dio un paso atrás, casi sin pensarlo.
Ese pequeño movimiento pareció desatar por completo la furia de Fermín. Su mano grande fue directo a la nuca de Macarena, la jaló hacia él y la besó.
En ese instante, Macarena por fin entendió qué era esa emoción extra en la mirada de Fermín.
Deseo.
Ese mismo deseo que ella había buscado antes, pero que él siempre le negó.
Ahora, para ella, ese deseo era como una bestia desatada.
Le latió el corazón con fuerza y, por instinto, levantó la mano para cubrirse los labios.
Los labios fríos de Fermín se toparon con la palma de su mano.
Al ver que Macarena, siempre tan apasionada, ahora lo rechazaba, la rabia en el pecho de Fermín se avivó aún más.
Perdió la paciencia y apartó la mano de ella con brusquedad.
Macarena forcejeó con todas sus fuerzas.
Pero la diferencia de fuerza entre los dos era abismal.
Como no podía empujarlo, solo le quedaba esquivar, retroceder y seguir luchando, hasta que, de pronto, se dio cuenta de que ya no tenía a dónde ir: había topado con la pared.
Quiso moverse hacia un lado, pero Fermín no le dio la oportunidad.
Su cuerpo tembloroso quedó atrapado entre él y la pared, y el calor de ella, a través de la ropa, llegó a su piel.
Fermín la miró, viendo en su cara una mezcla de rabia y vergüenza, y sin querer, volvió a pensar en aquella noche.
El corazón le latía con violencia.
El beso de antes había sido puro enojo, pero ahora sentía que algo había cambiado.
Fermín la sujetó con firmeza contra la pared, pero ya no usó la fuerza.
Se detuvo.
Macarena tampoco siguió forcejeando.
La pelea la había dejado sin nada de energía.
Solo podía mirarlo con desconfianza, los ojos bien abiertos.

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