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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 340

Por otro lado, en el hotel...

Benicio acababa de entrar al lobby cuando un empleado del hotel se acercó y lo recibió con una sonrisa.

—Señor Oliva, la señorita Molina reservó una mesa con anticipación, por favor, sígame.

Sin pensarlo mucho, Benicio siguió al empleado y subió al segundo piso.

Apenas abrieron la puerta del salón privado, lo primero que vio fue la decoración de rosas por todo el lugar.

En el centro de la mesa relucía un enorme pastel de dos pisos.

A un costado, había una caja de regalo muy elegante.

Benicio se detuvo un momento y alzó una ceja.

—¿Este es servicio del hotel?

El empleado negó con la cabeza.

—El hotel no ofrece este tipo de servicio. La señorita Molina vino ayer para dejar todo listo. Dijo que hoy se cumple un mes desde que empezaron a salir y quería preparar algo especial.

Al escuchar eso, Benicio esbozó una sonrisa.

Así que ese era el verdadero motivo de la celebración.

Y ayer todavía le había mentido.

Macarena estaba aprendiendo lo peor de él.

Cuando el empleado se retiró, Benicio se acercó a la mesa y abrió el regalo que Macarena le había preparado.

Era una cadena dorada para sus lentes.

Sin poder evitarlo, le salió una sonrisa.

Se quitó los lentes, les puso la cadena dorada y se los volvió a poner.

Nunca fue fan del color dorado, siempre le pareció un poco excesivo, pero la cadena que le regaló Macarena tenía un toque delicado y elegante, y hasta él mismo pensó que le quedaba bien.

Benicio sacó su celular, buscó varios ángulos y se tomó varias fotos.

Luego, eligió cuidadosamente una y se la mandó a Macarena.

Pasaron varios minutos y Macarena no respondió.

Imaginó que aún venía en camino al hotel. No le dio importancia y guardó el celular.

Pero apenas dio dos pasos, sintió que algo peludo le rozaba el pie.

Miró hacia abajo y vio a un pequeño gato, mugroso y flaco, con la carita sucia y ceniza pegada en el pelaje, que lo abrazaba por la punta del zapato. El minino lo miraba directo con sus enormes ojos redondos.

Salvo por los ojos y lo diminuto de su cuerpo, no tenía ni pizca de ternura.

Intentó zafarse, pero el gatito se aferró más fuerte.

El dueño del puesto no tardó en intervenir.

—Oye, se nota que ese gato te quiere. Te lo dejo a mitad de precio, mil pesos, ¿cómo ves?

Benicio soltó una carcajada.

—Jefe, sí tengo dinero, pero no soy tonto.

¿Mil pesos por este gato tan feo?

Ni de chiste.

Aunque no fuera de los que sabe de la vida, por nada del mundo lo compraría.

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