Media hora después, Benicio subió las escaleras con la pequeña gatita entre los brazos, ya más o menos limpia tras varios intentos de pasarle toallitas húmedas.
Como la gatita aún no tenía vacunas, ni siquiera podía bañarla, así que Benicio tuvo que limpiarla con paciencia, una y otra vez, hasta que por fin quedó más o menos decente.
Aun así, no pudo evitar una ligera mueca de disgusto, y terminó envolviéndola en una toalla, dándole dos vueltas para asegurarse de no ensuciarse.
Al irse del puesto donde la encontró, la gatita se había aferrado con fuerza a su pierna, maullando con una vocecita tan tierna y suplicante que a Benicio simplemente no le dio el corazón para dejarla ahí. Así que, sin pensarlo mucho, la compró y se la llevó.
Ahora, la pequeña lo miraba con esos ojitos redondos y brillantes, fijos en él, tan llenos de confianza y curiosidad.
Benicio desvió la mirada, incómodo.
—No me mires así, no me vas a convencer —murmuró, haciendo un esfuerzo por mantener la compostura.
Pasaron unos segundos de silencio antes de que agregara:
—En cuanto llegue mamá, tú ve a hacerle caritas, ¿eh? A ver si con ella te sale mejor lo de mendigar cariños.
Como si de verdad entendiera, la gatita soltó un maullido dulce y suavecito.
Benicio, sin poder evitarlo, sintió cómo se le suavizaba el ánimo. Incluso esa bola de pelos tan sucia ahora le parecía mucho más simpática.
...
Al entrar de nuevo en el privado, notó que Macarena aún no había llegado. Benicio revisó la hora en su celular.
Ya había pasado media hora desde la última vez que platicaron.
La última conversación era un mensaje que él mismo le había mandado. Desde entonces, ni rastro de respuesta.
No tenía sentido.
Cuando la contactó, Macarena ya venía en camino hacia ese lugar.
Media hora... aunque fuera caminando, debió haber llegado ya.
Benicio, dudando, decidió llamarle un par de veces más. Nadie contestó.
Insistió varias veces, hasta que el teléfono finalmente le indicó que estaba apagado.
Un mal presentimiento le recorrió el cuerpo, haciéndole latir el ojo de manera involuntaria.
Algo no estaba bien. Lo sentía en los huesos.
Justo en ese momento, recibió una llamada de Esmeralda.

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