El ímpetu de Fermín se desvaneció al instante.
Apretó los labios.
—Eso solo fue un accidente…
Antes de que pudiera terminar, Ronan soltó una risa fría.
—Entonces, ¿cómo sé yo que entre tu gente no va a haber otro «accidente»?
Al oír eso, Fermín se detuvo.
—¿Qué quieres decir con eso?
Sonaba como si la gente que lo rodeaba fuera un nido de víboras.
La mirada desconfiada de Ronan también lo hizo sentir muy incómodo.
Un momento después, reaccionó y miró a Ronan con asombro.
—¿Sospechas que yo quiero hacerle daño a Macarena?
—¿Y no es así? —replicó Ronan.
Miró a Fermín con frialdad.
—Con la muerte de Macarena y Benicio, ya sea por razones sentimentales o por interés, el que más sale ganando eres tú.
Macarena era la exesposa de Fermín y, además, el proyecto que ella manejaba era el principal competidor del suyo. Benicio, por su parte, era de la familia Oliva, el archienemigo de Fermín.
Sin considerar los motivos ni los detalles, se mirara por donde se mirara, sus muertes beneficiaban a Fermín más que a nadie.
—¿Qué estupideces estás diciendo? —gritó Fermín, furioso—. ¿Cómo podría yo hacerle daño a Macarena?
—Entonces, ¿cómo explicas que, cuando Benicio ya la tenía sujeta y estaba a punto de salvarla, por culpa del tiempo que tú hiciste perder, terminaron así? —contraatacó Ronan.
—La cuerda no era lo suficientemente larga. La que llevaba Abril Cordero tenía un nudo ciego.
—¡Imposible! Si Abril tenía un nudo ciego, ¿cómo pudo Macarena desatar la cuerda para no arrastrar a Benicio?
La tensión podía cortarse con un cuchillo.
Los ojos de Fermín ardían de ira mientras apretaba los puños.
Siempre había sido elocuente, pero en ese momento, ante la acusación implacable de Ronan, se quedó sin palabras.
Marcelo Herrera había dicho que ambos nudos eran corredizos.
Pero todos habían visto que el de Abril era claramente un nudo ciego.

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