El coche entró a la mansión de la familia Oliva. Apenas Lea se bajó, vio a Noah saliendo a toda prisa de la casa, cargando algo entre las manos.
Cuando pasó a su lado, Lea se dio cuenta de que se trataba de un perrito.
Era evidente que el animalito estaba gravemente herido; tenía sangre en el cuerpo. Ver las manchas rojas hizo que a Lea se le encogiera el corazón.
—Noah, no vas a poder salvarlo, ni le busques —se escuchó una voz.
Era Dante, que venía saliendo de la casa justo detrás de él.
A diferencia de Noah, su expresión era fría y caminaba con tanta tranquilidad que parecía que estaba dando un paseo.
Noah lo ignoró por completo y se dirigió a paso rápido hacia el estacionamiento de la mansión.
Parecía que emanaba un magnetismo inmenso, y Lea no pudo evitar voltear a verlo, pero al pensar en Dante y en que lo que hacía estaba mal, obligó a su mirada a apartarse de él.
En ese momento, Dante también se dio cuenta de la presencia de Lea.
Una sonrisa asomó en sus labios delgados, y su tono de voz se volvió mucho más alegre.
—Me platicó el señor Torres que tenías muchas ganas de ir a la playa. Aprovechando que el clima ha estado bueno estos días, ¿qué te parece si vamos este fin de semana?
»¿Esto es para mí? Qué detalle tan fino.
Dante tomó la caja de regalo que Lea llevaba en las manos y la abrió, encontrando dentro una corbata color vino.
Lea todavía no alcanzaba a responderle, cuando se escucharon unas voces desde el estacionamiento de la mansión.
—Mario, de verdad me urge, hazme el paro, por favor —suplicaba Noah con un tono cargado de preocupación y ansiedad.
El hombre llamado Mario le contestó:
—Joven Noah, no es que no quiera ayudarle, pero la señora Julieta y su familia son alérgicos al pelo de animal. Este perro de plano no se puede subir al coche, o me van a terminar corriendo.
—Te prometo que voy a limpiar muy bien el coche en cuanto termine de usarlo —insistió Noah.
Mario siguió negando con la cabeza:

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