Pero en ese momento se dio cuenta de que su indiferencia era, en el fondo, un desprecio total por la vida.
—No es una pérdida de tiempo —replicó Lea con seriedad—. Es una vida.
A Dante no le importó en lo más mínimo.
—Es solo un perro, y de todas formas está muy grave, ya no tiene salvación. No tiene caso que gastemos nuestras energías en esto.
De hecho, ya le había dicho lo mismo a Noah, pero este no quiso hacerle caso y seguía aferrado a llevarlo al veterinario para que lo curaran.
Dante estaba a punto de decir algo más, pero Lea lo ignoró por completo; tomó su celular y llamó a su chofer, que todavía no se alejaba mucho, pidiéndole que se regresara para llevar a Noah y al perrito a una clínica.
Al ver que no iba a lograr convencerla, Dante intentó subirse con ella, pero Lea le cerró la puerta en las narices, dejándolo afuera.
—Lea, ¿qué te pasa? ¡Abre la puerta!
Dante golpeó la ventana del coche con coraje.
Lea no le hizo caso y le ordenó al chofer que arrancara rumbo al veterinario.
En el fondo, Noah sabía que no era correcto subirse al coche de Lea, sobre todo en una situación así, donde ella y Dante se estaban peleando.
Pero en ese instante, no tenía otra opción.
Mirando a Lea, que iba muy enojada en el asiento de enfrente, murmuró en voz baja:
—Los niños ricos siempre son así; hasta que no experimentan el sufrimiento ajeno en carne propia, jamás aprenden a arrepentirse.
Lea soltó un ligero «Ah», sin darle mucha importancia, y no pudo evitar voltear a ver al perrito.
Era un cachorrito de pelo amarillento; apenas parecía tener un par de meses de nacido. Soltaba unos quejidos muy bajitos mientras todo su cuerpecito temblaba. La sangre ya se le estaba secando, y se veía sucio y desamparado.
Como si sintiera algún tipo de malestar, el perrito se movió un poco y apoyó sus patitas ensangrentadas sobre el asiento del coche, dejando unas huellas muy marcadas.
Justo en ese momento, a Lea se le frunció el ceño porque le dolía mucho ver al animalito en ese estado tan grave.
Noah pensó, equivocadamente, que le molestaba que el perro estuviera ensuciando los asientos, así que se quitó el saco del traje y lo puso debajo de sus patitas.

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