C116: El colapso
—¡Ahora sí voy a quedar viuda!
Savanna se giró, buscando algo, cualquier cosa que pudiera lanzarle. Sus manos encontraron un jarrón de cristal que descansaba sobre la cómoda. Lo tomó y lo arrojó con toda la fuerza que tenía. Ian lo esquivó por centímetros, y el jarrón se estrelló contra la pared detrás de él, explotando en mil pedazos.
—¡Savanna, contrólate! —gritó él, levantando las manos en un gesto defensivo.
Pero ella no estaba escuchando.
El dolor que había estado conteniendo durante ocho meses explotó como un volcán.
Tomó un libro. Lo lanzó. Luego otro. Y otro.
Cada objeto que encontraba se convertía en un proyectil cargado de rabia y dolor.
—¡Lo que hiciste fue cruel! ¡Muy cruel, Ian! ¡Me dejaste sola por ocho malditos meses! —Las lágrimas caían sin control mientras seguía lanzando cosas—. ¡Te lloré, desgraciado! ¡Fui a visitarte cada maldito domingo y te llevé flores!
Ian esquivaba los objetos, sin atreverse a acercarse. Sabía que si lo hacía, ella podría lastimarse en su furia ciega.
Entonces, Savanna se detuvo de repente, con un marco de fotos en la mano. Su respiración era errática, su pecho subía y bajaba con violencia. Y en medio de su rabia y dolor, cayó en cuenta de algo que hizo que su sangre se helara.
—Espera... —susurró, con los ojos abriéndose con una comprensión aterradora—. ¿A quién demonios le he estado llorando? ¿A quién llamé mi amor?
La pregunta flotó en el aire como veneno y él sintió el cambio en ella.
Savanna dejó caer el marco y se giró, buscando algo más grande. Sus ojos se clavaron en una lámpara de pie, la tomó con ambas manos, levantándola como un arma.
—¿Quién está dentro de ese ataúd? ¡Dime quién!
Ian tragó, viendo la furia absoluta en sus ojos y retrocedió un paso, con las manos levantadas.
—Mi amor, baja la lámpara, ¿sí? Te lo digo si la bajas.
Savanna le dio una risa fría.
—No. No voy a bajar nada. ¿Qué? ¿Asustado?
Ian asintió, sin vergüenza alguna.
—Tú das más miedo que mis enemigos. En serio.
Ella lo miró, apretando la lámpara con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos y finalmente, después de lo que pareció una eternidad, la bajó.
Pero no la soltó.
—¿Quién está dentro del ataúd?
Ian soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Es uno de los hombres de Richard. Cuando hubo la explosión, salió lastimado. Pero pude llamar a mi gente y organicé todo para que pareciera que era yo. Le dejé mi anillo... Luego, cuando Braxton fue a reconocer el cuerpo, al verlo dedujo que era yo. Pero... lo llamé unos días después y le hablé de mi plan.
Savanna no podía creerlo.
Negó con la cabeza, sintiendo como si el mundo se hubiera vuelto más irreal.
—Por Dios... él lo sabía. Todo este tiempo, el idiota ese sabía que estabas vivo y se quedó callado.
Soltó la lámpara, dejándola caer al suelo con un golpe sordo.
—Definitivamente merece ser tu amigo. ¡Ambos son unos malditos!



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!