C4-SOLO NEGOCIOS
—Acepto —dijo Ian con voz firme—. Pero tengo mis términos.
Savanna se enderezó, cruzando los brazos sobre su pecho.
—Te escucho. Aunque sigues esposado hasta que me convenza de que no vas a matarme en cuanto te libere.
Ian esbozó una sonrisa torcida que no llegó a sus ojos.
—Si quisiera matarte, unas esposas no serían impedimento.
—Muy reconfortante —replicó ella con sarcasmo—. Tus términos, por favor.
Ian suspiró audiblemente, al parecer Savanna era temeraria.
—Antes que nada, no… quiero tu dinero —declaró él, sorprendiéndola—. Lo que necesito es autonomía total. Libertad para ir y venir sin dar explicaciones. Y sobre todo —sus ojos se clavaron en los de ella con intensidad—, que no husmees en mi pasado.
Savanna frunció el ceño.
La propuesta sonaba sospechosa. Un hombre que aparece herido en medio de la nada, que no quiere dinero y exige libertad sin preguntas.
Todo gritaba peligro.
El instinto de control que la había mantenido a flote en el mundo corporativo gritaba que era un error. Miró la cicatriz que asomaba por el vendaje y luego esa mirada oscura que parecía leerle el alma. Pero la imagen de su tío Arthur riendo en la oficina de su padre fue más fuerte que su miedo.
—Está bien —aceptó finalmente—. Pero yo también tengo condiciones.
Ian alzó una ceja, esperando.
—Tienes que casarte conmigo hoy mismo —declaró con firmeza—. Y necesitas parecer un Hayes, no un vagabundo.
Su mirada recorrió su cuerpo, deteniéndose en su torso desnudo cubierto de cicatrices y un calor inesperado subió por su cuello. Incómoda se aclaró la garganta, desviando la mirada.
—Así que nos iremos de compras —continuó, recuperando la compostura—. Y para cuando termine contigo... serás el esposo ideal. El hombre que Nueva York espera ver a mi lado.
Ian alzó una ceja, una pequeña chispa de diversión gélida bailó en sus pupilas. No dijo nada, pero la intensidad de su silencio hizo que el vello de los brazos de Savanna se erizara.
—Hay más —añadió ella rápidamente, sintiendo que perdía terreno—. Esto durará solo unos meses. Hasta que asegure el control total de la empresa. Después, firmamos el divorcio y cada uno sigue su camino.
Ian seguía mirándola en silencio, imperturbable y Savanna tragó saliva, cada vez más nerviosa bajo ese escrutinio.
—Y por último... no habrá sexo entre nosotros. Fingiremos que nos amamos frente a las cámaras y frente a mi familia, pero en esta casa, somos extraños. ¿Está claro?
Ian guardó silencio un latido más, dejando que la tensión se volviera casi insoportable. Entonces, una sombra de sonrisa, una con un atisbo de arrogancia, curvó sus labios. La confianza que emanaba era sofocante, haciendo que el corazón de Savanna golpeara con fuerza contra sus costillas.
—Arthur deberá aceptarte, estoy cumpliendo con el testamento—sus ojos brillaron con determinación—. Lo que no sabe es que lo destruiré en cuanto tome el control.
Ian la miró con renovado interés.
Quizás había subestimado a Savanna Hayes. Porque detrás de esa fachada de médica rica y privilegiada, había una mujer dispuesta a luchar.
—Entonces —dijo él, incorporándose con un ligero gesto de dolor—, ¿cuándo empezamos esta farsa?
—Ahora mismo —Savanna consultó su reloj—. Tenemos exactamente ocho horas para convertirte en Ian Hayes, conseguir una licencia de matrimonio y casarnos antes de la reunión del consejo.
Ian se puso de pie, quedando peligrosamente cerca de ella. La diferencia de altura obligó a Savanna a levantar la cabeza para mantener el contacto visual.
—Entonces…será mejor que empieces a tratarme como tu futuro esposo —murmuró él, con voz ronca y muy cerca de ella—. Porque si vamos a engañar a todos, debemos parecer real.
El pulso de Savanna se aceleró y por un momento, olvidó respirar.
—No te confundas —logró articular finalmente—. Esto es solo negocios.
Ian sonrió, le dio sonrisa lobuna que no alcanzó sus ojos.
—Por supuesto, cariño. Solo negocios.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!