C77- ¿DÓNDE ESTÁ JODIE?
Savanna miraba por la ventana del auto, viendo cómo la ciudad pasaba, pero no veía nada realmente. Solo veía a Jodie, su rostro destrozado, sus lágrimas, su voz quebrada pidiendo perdón. Y lo peor de todo era que una parte de ella, una parte pequeña y estúpida, quería perdonarla.
Porque Jodie había sido su amiga.
La única persona que la había visto llorar cuando su madre murió. La única que se había quedado despierta con ella durante las noches de pánico cuando asumió la empresa. La única que conocía sus miedos, sus sueños, sus secretos.
Hasta que los vendió.
Cerró los ojos, sintiendo el dolor apretarle el pecho.
Pero no podía perdonarla, porque la traición era lo único que ella no perdonaba.
Lo único.
Entonces escuchó la voz de Ian y luego sintió su mano sobre la suya.
—¿No crees que fuiste muy dura?
Savanna abrió los ojos y lo miró.
—¿La estás defendiendo?
—No, mi amor. Pero... la chica es muy manipulable, sobre todo para un hombre como Elias. Lo que trato de decir es que... no lo hizo con alevosía.
Las palabras resonaron en Savanna y puede que Ian tuviera razón, pero eso no cambiaba nada.
—La ingenuidad no es excusa —dijo con voz cortante—. Ella eligió creerle a él en lugar de confiar en mí. Eligió darle información sin preguntarme. Eligió traicionarme. Y las elecciones tienen consecuencias.
Miró a Ian directamente a los ojos, con una intensidad que lo dejó sin aliento.
—Y eso también va para ti. Si alguna vez me traicionas, si alguna vez me mientes sin razón, si alguna vez eliges a alguien más sobre mí... jamás, jamás te lo perdonaré. Por mucho que te ame.
Ian la miró por un segundo, viendo el fuego en sus ojos. Luego tomó su mano y se la llevó a los labios, besando sus nudillos con ternura.
—Nunca te haría eso. Antes me arrancaría el corazón que traicionarte.
Ella asintió despacio.
—Eso espero, Ian. Porque te amo, con mi vida... pero esa línea es la que nunca voy a cruzar.
Mientras tanto, en su oficina, Arthur estaba que se lo llevaba el diablo.
—¡MALDITA SEA! —gritó, lanzando un vaso de whisky contra la pared.
El cristal explotó en mil pedazos, salpicando el suelo. Pero Arthur no se detuvo, agarró la lámpara del escritorio y la estrelló contra el suelo.
—¡PUTA MADRE! ¡ESA MALDITA ME HUMILLÓ!
Respiraba entrecortadamente, con el rostro rojo de ira. Todo su plan se había ido al carajo. Savanna lo había humillado frente a toda la prensa, frente a los reguladores y frente a los socios.
Y todo por culpa de esa maldita documentación falsa.
De repente la puerta se abrió estampándose contra la pared y Elias entró como un huracán, con el rostro igual de furioso que el de Arthur.
—¡¿POR QUÉ ABRISTE LA BOCA?! —gritó señalándolo —. ¡¿POR QUÉ DIJISTE LO QUE DIJISTE?!
Arthur ni se inmutó, se dejó caer en su silla como si nada, con una sonrisa burlona en los labios.
—¿Acaso pensaste que tendrías oportunidad con Savanna?
Se rio, y fue una risa cruel.
—Ella está encabronada de ese maldito tipo. Nunca ibas a tener una oportunidad, niño.
Los puños de Elias se apretaron y dio un paso hacia Arthur.
—No es Savanna la que me importa… Es Jodie.
Eso llamó la atención de Arthur, quien cuando entendió, se rio aún más fuerte, burlándose descaradamente.
—¿No me digas? ¿Te cogiste a la secretaria y te encabronó? Carajos... ¿qué tienen ustedes que caen a la primera?
La ira de Elias aumentó hasta el punto de explotar, tanto que se acercó al escritorio y golpeó la madera con ambas manos, inclinándose hacia Arthur con los ojos llenos de amenaza.


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