—¡Y todavía tienes el descaro de lavarte las manos! Si no fuiste tú quien la contagió, ¡entonces quién!
Amaya deseaba poder hablar con calma, pero se dio cuenta de que estando frente a Diego le resultaba imposible. No podía evitar ponerse histérica.
Solo de pensar que la hija que casi le había costado la vida dar a luz, era tratada con tanto desdén e indiferencia por el hombre al que alguna vez amó y admiró...
Sentía como si una mano gigante le estrujara el corazón; el dolor era tan intenso que la hacía temblar entera.
Era de sentido común: si tienes un virus no te acercas a un bebé, e incluso estando sano no vas besándole la cara así nomás... Era evidente que la niña no le importaba, pero igual quería hacerse el padre amoroso.
El resultado fue que Renata terminara sufriendo de a gratis, teniendo que ser internada a sus escasos dos meses.
Al recordar la carita de sufrimiento de su hija, las lágrimas volvieron a asomarse. Se desplomó en el suelo llorando, sin fuerzas para seguir de pie.
Ya no podía más; su hija era su única debilidad en este mundo.
Diego se quedó petrificado y tardó un buen rato en reaccionar.
Nunca se imaginó que aquella visita rápida terminaría mandando a su hija al hospital.
En ese momento no lo pensó a fondo, simplemente moría de ganas por verla y esa fue la única opción que tuvo.
En cuanto a los besos, admitía que la emoción y las ganas de estar con ella le ganaron y no pudo evitarlo... Era puro instinto paternal.
Jamás quiso que se enfermara, y en ese entonces ni siquiera se había dado cuenta de que estaba resfriado.
Incluso cuando le empezó la fiebre leve, pensó aliviado que por suerte había ido a verla antes de recaer.
Pero los virus tienen un periodo de incubación; debió haber sido más precavido... Diego se quedó helado.
Normalmente manejaba sus asuntos personales y de negocios a la perfección, ¿cómo es que todo lo que tenía que ver con Amaya y la niña le salía tan mal?
Entre más se apresuraba, más la regaba; entre más se equivocaba, peores eran las consecuencias... Pasó de sentirse intocable a vivir con el miedo constante de que cualquier paso en falso arruinaría todo.
Al ver a Amaya llorando a cántaros y temblando, se le partió el corazón.
En su memoria, Amaya siempre había sido muy fuerte. Casi no lloraba; en el pasado, cuando le gritaba y la trataba como basura, ella levantaba la cara con terquedad para que no se le escurrieran las lágrimas.
Pero en ese momento, lloraba desconsolada, hecha un mar de lágrimas.



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