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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 120

Con un movimiento audaz, Elara abrió la puerta de golpe, golpeando a Camila en el costado y lanzándola hacia atrás. Ambas cayeron al asfalto en medio del caos, rodeadas por el estruendo de los disparos y el olor a pólvora y goma quemada.

‎Camila se levantó primero, con la pistola apuntando directamente al pecho de su hermana.

‎—Cinco años, Elara. Cinco años viviendo bajo la sombra de lo que debió ser mío. ¿Crees que después de todo este tiempo, iba a dejarte disfrutar de esta vida? —Camila se reía, una risa histérica que resonaba por encima del fuego de la batalla.

‎—No eres nada sin este odio, Camila —respondió Elara, poniéndose en pie con dificultad, sus ojos brillando con una determinación que nunca antes había mostrado—. Has pasado toda tu vida odiandome, intentando ser yo. Pero nunca tuviste el coraje ni la fuerza para construir nada. Solo sabes destruir.

‎—¡Y eso es exactamente lo que voy a hacer! —gritó Camila, disparando de nuevo.

‎Elara se lanzó a un lado, sintiendo el calor de la bala pasar cerca de su hombro. En ese instante, Dante, que había logrado neutralizar a los hombres de Alistair, giró su arma hacia el lugar donde Elara y Camila se enfrentaban. Pero no podía disparar; su esposa estaba demasiado cerca de la línea de fuego.

‎Alistair, viendo que la situación se le escapaba de las manos, intentó una maniobra desesperada. Corrió hacia el vehículo donde estaban los niños, con la intención de tomar a uno como rehén.

‎—¡Si no puedo tener el imperio, dejaré a Dante de rodillas! —gritó Alistair mientras se acercaba a la puerta trasera.

‎Marcus, que había estado cubriéndose tras una barrera de hormigón, vio la intención de Alistair y cargó contra él. Ambos chocaron en un cuerpo a cuerpo salvaje, cayendo hacia el terraplén de la carretera.

‎Mientras tanto, en el asfalto, Camila se lanzó sobre Elara, tratando de estrangularla con sus propias manos.

‎—¡Morirás hoy! —rugió Camila, presionando sus dedos contra la garganta de su hermana.

‎Elara, luchando por respirar, buscó algo en el suelo. Sus dedos rozaron un objeto metálico: era la pistola de uno de los escoltas que había caído en el primer intercambio de fuego. Con un esfuerzo sobrehumano, logró alcanzarla.

‎—Tú misma lo dijiste, Camila... —logró decir Elara, con la voz entrecortada—. Esta vez, nada de cabos sueltos.

‎Se produjo un forcejeo agónico. El sonido de un disparo solitario cortó el aire, un eco seco que se expandió por toda la autopista, seguido por un silencio absoluto.

‎Dante corrió hacia ellas, sus ojos escaneando la escena con una desesperación que nunca antes se había atrevido a mostrar.

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