Elara clavó sus uñas en los hombros anchos y marcados de su esposo, arqueando la espalda hacia él mientras el placer los envolvía en un compás perfecto, salvaje pero lleno de una ternura infinita que rozaba lo sagrado. Los ojos de Dante, fijos en los de ella en medio de la oscuridad, contenían una devoción absoluta; una fijeza tan desmesurada que casi parecía una súplica silenciosa al destino, una necesidad visceral de anclarse a ella para siempre, como si intuyera que el universo conspiraba fuera de los muros de su fortaleza.
—Te amo, Elara —susurró contra la curva de su cuello, repitiéndolo una y otra vez entre besos húmedos y caricias que quemaban como marcas de fuego—. Eres mi vida entera. Recuérdalo siempre.
Las palabras resonaron en el pecho de Elara con un eco hermoso pero extrañamente denso, un peso de presagio que en ese instante de éxtasis y piel no supo ni quiso descifrar. Se entregó por completo a esa tormenta de amor, respondiendo a sus embates con la misma maravillosa intensidad, hasta que ambos alcanzaron la cumbre juntos, jadeantes, con los corazones latiendo desbocados uno contra el otro en la oscuridad protectora y cómplice de la noche. Dante la retuvo firmemente contra su cuerpo mucho después de que la pasión se calmara y la respiración se normalizara, acariciando su cabello con una persistencia casi protectora, obsesiva, como si temiera de verdad que al soltarla, el mundo exterior reclamara su presencia y rompiera el hechizo.
Mientras la felicidad, el idilio y el romance sellaban la noche en la residencia Vance, a pocos kilómetros de ahí, en un apartamento lujoso de la zona más alta y exclusiva de la ciudad, la locura terminaba de consumir el último rastro de humanidad.
Seraphina estaba sentada frente al espejo tríptico de su tocador, iluminada únicamente por la cruda y amarillenta luz de una lámpara de mesa que proyectaba sombras grotescas en las paredes. Sobre la superficie de cristal pulido descansaba, impecable, el elegante vestido de cóctel de seda verde esmeralda que había seleccionado meticulosamente para el día siguiente; un color llamativo, soberbio, venenoso, digno de la mujer que se negaba rotundamente a pasar desapercibida en el que se anunciaba como el evento del año.

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