El silencio que siguió a las palabras de Dante se instaló en la suite presidencial como una capa de escarcha. Los médicos especialistas intercambiaron miradas cargadas de incomodidad y tensión, retrocediendo un paso para no quedar en la línea de fuego de las pupilas oscuras del magnate. Ninguno de los neurólogos se atrevía a contradecir al hombre que financiaba el complejo entero, mucho menos cuando su tono barítono arrastraba una hostilidad tan peligrosa.
Elara permanecía inmóvil, con la espalda pegada a la pared lisa y las manos apretadas contra su pecho. Sentía los dedos rígidos por el frío que de pronto parecía emanar del propio Dante. La muñeca le latía con un dolor sordo, una marca roja que comenzaba a dibujarse en su piel pálida debido al agarre de hierro con el que él la había rechazado. Pero ese dolor físico no era nada comparado con el vacío abrasador que se abría en sus entrañas al escuchar cómo la llamaba. Oportunista. La misma palabra que Seraphina había escupido en el altar de cristal ahora regresaban en la boca del hombre que se había desangrado para salvarla.
—Señor Vance... —Marcus dio un paso al frente, interponiendo su imponente figura entre la cama y Elara, tratando de desviar la furia de su jefe—. Su estado de confusión es normal debido al trauma. Pero le aseguro que no hay ningún juego sucio. Ella es su esposa legal.
Dante clavó sus ojos abisales en su jefe de seguridad y mano derecha. La mandíbula se le tensó tanto que los músculos de su cuello se marcaron bajo la bata de seda médica.
—Marcus, te pago para proteger mis intereses, no para validar los delirios de una extraña —sentenció Dante, y cada palabra caía con la pesadez de una sentencia judicial—. Si firmé un acta de matrimonio, exijo verla ahora mismo. Exijo ver los registros de mis cuentas, las transferencias de los últimos meses y el estado actual de la empresa. Porque si esta mujer ha tenido acceso a mis fondos mientras yo estaba en esa cama, se va a arrepentir el resto de sus días.
Elara cerró los ojos por un segundo, sintiendo que las lágrimas acumuladas amenazaban con cegarla. La paranoia corporativa de Dante había regresado intacta. El hombre que la miraba con una fijeza posesiva y devota había sido borrado por completo; en su lugar, el frío estratega que no confiaba en nadie había tomado el control absoluto de su cuerpo.
Dando un paso al frente, obligando a sus piernas temblorosas a sostenerla, Elara se separó de la pared. No podía quedarse callada. Había una verdad mucho más grande y dolorosa que un papel firmado, una verdad que ya andaba en la boca de todo el mundo desde la gran gala de la fundación.
—No me importan tus cuentas, Dante —articuló Elara, y aunque su voz vibró por el llanto contenido, la firmeza de su mirada no flaqueó—. No me importa tu dinero, ni tus acciones, ni tu apellido. Puedes congelar cada centavo si eso te hace sentir seguro en tu desconfianza. Pero hay algo que no puedes borrar con tus dudas.
Dante desvió la mirada hacia ella, entornando los ojos con un desprecio gélido, analizando su postura, su rostro demacrado, buscando cualquier grieta que delatara a una mentirosa.
—¿Ah, sí? ¿Y qué se supone que es? —siseó él con una ironía cortante.
—Tienes hijos, Dante —soltó Elara, y pronunciar esas palabras en esa habitación se sintió como rasgarse el alma—. No solo estás casado. Tenemos dos hijos. Los gemelos, Mateo y Amara. Tienen cinco años.
El monitor que registraba el pulso de Dante dio un salto abrupto, emitiendo un pitido acelerado que rompió la monotonía del cuarto. El magnate se congeló por una fracción de segundo. Sus cejas oscuras se juntaron en una línea severa y una sombra de desconcierto cruzó sus pupilas antes de ser reemplazada por una frialdad aún más implacable.
—¿Hijos? —repitió Dante, y esta vez su voz bajó una octava, volviéndose un susurro peligroso—. ¿Estás intentando chantajearme con eso?

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