Llegada la noche, el hangar privado del aeropuerto parecía una caja de cristal y acero suspendida en medio de la nada. La lluvia golpeaba los ventanales con un repiqueteo rítmico, y las luces de la pista se reflejaban como líneas borrosas sobre el fuselaje pulido del Gulfstream de la firma Vance.
Dante subió la escalerilla sin mirar atrás. Llevaba el abrigo de lana oscura abierto y una tableta sujeta bajo el brazo. Marcus lo seguía a tres pasos de distancia, cargando dos maletines de piel, manteniendo la vista fija en los escalones húmedos. Dentro de la cabina, el aroma a café recién filtrado daba la bienvenida, mientras que el blindaje del fuselaje amortiguaba el sonido del exterior, creando una atmósfera de aislamiento absoluto.
Viviana ya estaba acomodada en uno de los asientos individuales de la primera sección. Se había quitado la gabardina, dejándola caer con estudiada negligencia sobre la butaca contigua, y revisaba unos documentos impresos mientras sostenía una copa de agua mineral. Vestía un traje de dos piezas de seda color arena que contrastaba de forma limpia con los tonos oscuros del avión. Exudaba la confianza de quien se sabe indispensable para la operación.
—Los reportes de la aduana de Lyon llegaron hace veinte minutos —dijo Viviana, levantando la vista en cuanto Dante cruzó el umbral. No usó un tono de saludo casual; entró directo en el terreno de los negocios—. Tienen bloqueados tres de los contenedores con los servidores de respaldo. Si no liberan esa carga para el martes, la infraestructura de la plataforma logística sufrirá un retraso de dos semanas.
Dante no se sentó frente a ella. Eligió el asiento del pasillo, dos filas más atrás, buscando colocar una distancia física inmediata que delimitara el espacio. La mesa plegable ya estaba dispuesta con sus propios informes de auditoría.
—Marcus ya coordinó la reunión con el jefe de aduanas para el lunes —respondió Dante, con la voz plana, encendiendo el monitor de su panel—. No necesitamos presionar en Lyon si el acuerdo marco en París se firma mañana. El ministerio tiene la facultad de emitir una orden de despacho inmediato.
—El ministerio no emite nada sin una garantía colateral, Dante —Viviana se giró en su asiento, apoyando el brazo en el respaldo para mirarlo de frente. Había una fijeza felina en sus ojos, una seguridad que buscaba achicar los metros que él ponía de por medio—. El director actual, Jean-Paul, no responde a correos corporativos. Responde a nombres específicos. Mañana cenaremos con él en el hotel. Ya reservé la mesa privada del fondo.
Dante la observó un segundo. Sus ojos, desprovistos de cualquier matiz de calidez, recorrieron el rostro de la mujer como si evaluara la resistencia de un material de construcción.
—Bien —soltó él, seco, antes de clavar la vista en los gráficos—. Asegúrate de que tenga los anexos del contrato textil antes de la cena. No voy a perder el tiempo con preámbulos.

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