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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 197

La semana posterior a la confirmación médica pasó rápido, transformando la sorpresa inicial en una dulce rutina de pequeños cuidados entre ellos. Dante se había vuelto sumamente atento con el bienestar de Elara; no había momento del día en que sus manos no buscaran el vientre de su esposa, maravillado por el milagro que apenas comenzaba a gestarse allí dentro. Sabían que era pronto, que el embarazo apenas iniciaba, pero la complicidad los desbordaba por completo y les costaba disimular la alegría cuando estaban a solas.

​Una tarde de domingo, aprovechando la calidez que entraba por los ventanales de la sala, decidieron que era el momento perfecto para dar la noticia a los niños. Los gemelos jugaban concentrados en mitad de la alfombra, ajenos a las miradas de sus padres, cuando Dante se acomodó en el sofá principal. Con un movimiento pausado, tomó a Elara de la mano y la atrajo hacia su regazo, rodeándola con sus brazos protectores. Ella apoyó la espalda contra su pecho, entrelazando sus dedos con los de él justo encima de su vientre.

​Dante carraspeó levemente para llamar la atención de los pequeños, observando cómo compartían un bloque de madera.

​—Mateo, Amara —llamó Dante, con una suavidad inusual en su tono grave—. Vengan un momento aquí con nosotros, por favor.

​Los niños dejaron sus juguetes de inmediato. El sonido de las piezas de madera al caer sobre la alfombra rompió el silencio de la sala. Se miraron entre sí y luego se acercaron, intrigados por el misterio en la voz de su padre. Amara, con su habitual ligereza, se subió de inmediato al sofá. Se abrió paso entre los cojines hasta acurrucarse junto a su madre, buscando su brazo para apoyarse, mientras Mateo caminaba a un paso más lento. El niño se detuvo justo al lado del sofá y se apoyó contra las rodillas de su padre, cruzando las manos al frente mientras los observaba con atención.

​Elara giró un poco la cabeza hacia atrás para mirar a su esposo, compartiendo una sonrisa cómplice que transmitía toda la emoción retenida, y luego fijó sus ojos en los pequeños. Tomó las manos de su hija entre las suyas, apretándolas con suavidad para captar toda su atención.

​—Tenemos que contarles algo muy importante —empezó Elara, mirando primero a Amara y luego a Mateo—. Fuimos al médico hace unos días y nos dio una noticia hermosa. Algo que nos hace muy felices a papá y a mí. Aquí dentro, en la pancita de mamá, está empezando a crecer un bebé. En unos meses, la familia va a ser más grande. Van a tener un hermanito o una hermanita.

​La reacción inicial de Amara fue un impulso de pura energía. Dio un pequeño salto de alegría sobre el cojín del sofá, batiendo las palmas repetidamente con una sonrisa enorme.

​—¡Un bebé! —exclamó con los ojos brillantes, mirando fijamente el estómago de su madre—. ¡Vamos a tener un bebé en la casa!

​Sin embargo, el entusiasmo le duró apenas unos segundos. Elara vio cómo las facciones infantiles de la niña se contrajeron de golpe, borrando la sonrisa de su rostro. Amara se quedó mirando un punto indefinido en el suelo, procesando la noticia en silencio, y luego cruzó los brazos con fuerza sobre el pecho. Entornó los ojos hacia el techo, inflando las mejillas con determinación en un evidente arranque de celos que no se molestó en ocultar.

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