El eco del discurso de Dante aún resonaba en las paredes de mármol del Museo de Arte Moderno, pero para Elara, el sonido era solo un ruido blanco, una distracción necesaria. Sus ojos, empañados por una mezcla de terror y determinación, estaban fijos en la escalera de caracol que conducía a las oficinas del tercer piso. Cada latido de su corazón parecía un tambor de guerra en sus oídos. Sabía que tenía exactamente tres minutos; tres minutos antes de que Dante bajara del podio, antes de que los aplausos cesaran y su mirada de halcón la buscara entre la marea de rostros hipócritas de la élite.
Apretó el bolso contra su costado, sintiendo el metal frío del teléfono de Camila. Era su salvación y su condena. Con un movimiento felino y fluido, se deslizó entre un grupo de diplomáticos que reían con sus copas de champán, sus voces chirriantes ignorando la tragedia que se tejía a pocos metros. Su vestido Azul Zafiro Medianoche se camuflaba en las sombras de los pasillos laterales, una mancha de oscuridad elegante que se movía con una urgencia desesperada.
Subió los escalones de dos en dos, ignorando el dolor punzante de sus tacones de aguja que amenazaban con traicionarla en cada peldaño de mármol. Al llegar al tercer piso, la opulencia de la gala se desvaneció, reemplazada por un silencio absoluto y clínico. El pasillo estaba iluminado por luces tenues que proyectaban sombras alargadas, haciendo que cada puerta pareciera una boca abierta dispuesta a tragarla. Encontró el despacho de la Fundación, el santuario de los secretos de Julián. Con las manos temblando violentamente, buscó la llave que Camila le había mencionado en aquel mensaje críptico. Pero antes de que sus dedos, helados por el pánico, rozaran siquiera la cerradura de madera noble, una sombra masiva se proyectó sobre el cristal esmerilado de la puerta.
El aire desapareció de sus pulmones.
—¿Buscabas algo, pequeña ladrona?
La voz de Dante no fue un susurro; fue un latigazo que cortó el silencio del pasillo, cargado de una decepción tan profunda que dolía. Elara se giró con un espasmo, su espalda chocando contra el escritorio, el pecho subiendo y bajando en un ritmo errático. Dante estaba allí, bloqueando la única salida, su figura imponente llenando el marco de la puerta. Tenía la respiración pesada, el nudo de su corbata ya aflojado, y los ojos... sus ojos de grafito estaban inyectados en una furia que parecía fuego líquido, una hoguera alimentada por años de traiciones.
No esperó una respuesta. Cruzó la habitación en dos zancadas depredadoras y la atrapó por las muñecas, elevándolas por encima de su cabeza e inmovilizándola contra la madera fría del escritorio con una fuerza que le recordó a Elara su total vulnerabilidad.
—Te di una orden, Camila —siseó él, su rostro a milímetros del de ella, permitiéndole oler el rastro de whisky caro y la amargura de su aliento—. Te dije que si te movías, si dabas un paso fuera de mi radio de visión, tu padre moriría. ¿Tanto deseas su final? ¿O es que tu naturaleza es tan vil que simplemente no puedes evitar traicionarme, incluso cuando la vida de tu propia sangre está en juego?
—¡Dante, suéltame! ¡Solo quería aire, la gala me estaba asfixiando! —mintió ella, con la voz rota por el llanto contenido. Pero sus ojos, dilatados y brillantes de culpa, la delataban ante el hombre que había hecho de la lectura de mentiras su religión.
—Mientes tan mal como amas —Dante la soltó bruscamente, como si su contacto le quemara, solo para agarrarla de la cintura con una mano de hierro y arrastrarla hacia la salida privada del museo. Los guardias abrieron las puertas sin decir palabra, testigos mudos de la caída de la reina—. Se acabó la gala. Se acabaron los juegos de salón. Ahora vas a aprender lo que sucede cuando desafías a un Vance.
El trayecto de vuelta a la mansión fue un descenso al infierno. Dante conducía el deportivo negro a una velocidad suicida, sus nudillos blancos apretando el volante de cuero con una tensión que amenazaba con romperlo. El motor rugía en la noche como una bestia herida. Elara miraba por la ventana, viendo las luces de la ciudad borrosas por las lágrimas de rabia y frustración. Sabía que no había escapatoria; el Dr. Miller no podría salvarla esta vez de la ira personal de su verdugo.
En cuanto cruzaron el umbral de la habitación principal, Dante cerró la puerta con un golpe seco que resonó en toda la mansión, un sonido que marcó el fin del mundo exterior. Se quitó la chaqueta del esmoquin y la arrojó al suelo con desprecio, desabrochando su corbata con movimientos erráticos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cadenas de odio: La esposa equivocada