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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 2

El rugido del motor del Bentley era apenas un susurro comparado con el caos que gritaba dentro de la cabeza de Elara. Se abrazaba a sí misma, hundiendo las uñas en las mangas de su abrigo desgastado, intentando que su propia precariedad no contaminara el cuero impecable y costoso de los asientos. A su lado, Dante Vance era una estatua de hielo. No la miraba, pero su presencia masculina y dominante ocupaba cada centímetro cúbico de aire dentro del vehículo, haciéndola sentir pequeña, insignificante y, sobre todo, aterrada.

Elara observaba por la ventana cómo las luces de la ciudad se difuminaban en una estela borrosa. Estaban dejando atrás el sector de los hospitales, el único lugar donde ella sentía que tenía un propósito.

—¿A dónde me lleva? —preguntó al fin, su voz temblando más de lo que quería admitir—. Por favor, mi padre… él no sabe dónde estoy. Si no llego al hospital para el cambio de turno, los médicos podrían tomar decisiones… podrían pensar que lo he abandonado.

—Los médicos ya han sido informados —la interrumpió Dante sin siquiera girar la cabeza. Su perfil era afilado, como si hubiera sido tallado por un escultor obsesionado con la perfección y la frialdad—. Tu padre ha sido trasladado a la unidad de cuidados intensivos de la clínica San Judas. La mejor del país, Elara. O Camila, como prefieras llamarte esta noche. Ahora tiene una enfermera privada las veinticuatro horas y un equipo de cardiólogos que una mujer como tú nunca habría podido pagar con su sueldo de camarera de mala muerte.

Elara se quedó helada. San Judas era una clínica para millonarios, un lugar que ella solo conocía por los carteles publicitarios en la avenida. Pero el alivio de saberlo a salvo fue aplastado de inmediato por el veneno en la voz de Dante.

—No soy Camila —susurró ella, aunque sabía que sus palabras caían en oídos sordos—. No sé quién es esa mujer, ni qué le hizo a su hermano. Soy Elara, limpio suelos para pagar las medicinas de un hombre que se está muriendo. Mire mis manos, señor Vance. Mírelas de verdad. ¿Cree que una mujer como la de su foto, alguien que bebe champán de mil dólares, tendría estas cicatrices y estas uñas rotas?

Por primera vez, Dante giró el rostro. La luz de las farolas exteriores entraba intermitentemente en el coche, iluminando sus ojos oscuros. Su mirada descendió hacia las manos de Elara: pequeñas, enrojecidas por el frío y maltratadas por el detergente industrial. Hubo un milisegundo de vacilación en su expresión, una grieta casi invisible en su armadura de odio. Por un instante, el silencio en el coche fue absoluto, cargado de una duda que Dante se negó a aceptar.

—Eres una actriz excepcional —dijo él al fin, su voz recuperando la calidez del acero—. Supongo que el dinero de mi hermano se acabó y decidiste esconderte en el fango, bajo una identidad de mártir, para que nadie te encontrara. Un plan brillante, Camila. Pero yo tengo más recursos que tú paciencia. Me costó dos años rastrearte, ¿realmente creíste que un par de manos sucias me harían dudar?

Capítulo 2 1

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