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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 55

La mañana siguiente a la Gala de la Ópera, Londres amaneció envuelta en una neblina tan espesa que parecía borrar los límites entre el cielo y el Támesis. En la mansión Cavendish, el silencio no era un signo de paz, sino la antesala de una disección.

​Elara estaba de pie frente al tríptico de espejos de su suite, observando cómo la Sra. Halloway ajustaba los botones de su vestido de seda color crema. Era el tono exacto que Estela solía usar para sus desayunos de domingo; un color que no evocaba pureza, sino la palidez de un cadáver bien conservado.

​—El Sr. Cavendish prefiere que el cabello caiga con una onda natural, no forzada —comentó el ama de llaves. Su voz era un metrónomo monótono mientras manejaba las horquillas con una precisión gélida que hacía que el cuero cabelludo de Elara ardiera—. Estela decía que el descuido fingido era la forma más alta de la elegancia. El esfuerzo debe ser invisible, señora. Solo el resultado importa.

​Elara no respondió. Sus dedos rozaban, por debajo de la tela del vestido, el sobre negro que Dante le había deslizado en el escote la noche anterior. El papel quemaba contra su piel, un recordatorio físico de que su "salvador" inglés le había mentido sobre la ubicación de su padre. Alistair no la estaba protegiendo del monstruo americano; la estaba reconstruyendo sobre una base de engaños, tallando una nueva mujer sobre los restos de su identidad.

​—¿Cuándo terminará esto, Sra. Halloway? —preguntó Elara, mirando su propio reflejo. Cada día sus ojos le resultaban más ajenos, como si la mirada de Estela estuviera ganando la batalla por el control de su rostro.

​—La perfección no termina, señora. Se mantiene —respondió la mujer sin un ápice de calidez. Guardó el cepillo de plata y se retiró con un paso tan silencioso que parecía un espectro más de la casa.

​Al bajar al comedor, el tintineo de la platería contra la porcelana de Sèvres era el único sonido que llenaba la estancia. Elara encontró a Alistair sentado a la cabecera de la mesa de caoba. Vestía un traje de mañana impecable, pero había algo en la rigidez de sus hombros que delataba la tormenta que Dante había desatado en sus finanzas. Sobre la mesa, el Financial Times mostraba un titular discreto pero devastador sobre la caída de las acciones logísticas del consorcio Cavendish. El imperio se estaba desangrando por los bordes.

​—Has bajado tarde, Elara —dijo Alistair sin levantar la vista de su café. La luz de la mañana, filtrada por la niebla, le daba un aspecto de mármol antiguo—. Estela siempre decía que la puntualidad es la cortesía de los reyes. El tiempo de los demás es un recurso que no tenemos derecho a malgastar.

​—Estela está muerta, Alistair —respondió ella, sentándose frente a él con una parsimonia desafiante. La mención del nombre de la difunta fue como un disparo en la habitación. Los criados se tensaron, y el aire pareció congelarse.

​Alistair bajó la taza con una lentitud que prometía violencia. Sus ojos azules, usualmente serenos y calculadores, brillaron con una luz maníaca.

​—Ella vive en cada detalle que yo decido preservar, Elara. Vive en ese vestido que llevas, en esa forma de inclinar la cabeza que tanto te ha costado aprender... y vivirá en tu voz una vez que terminemos el tratamiento.

​—¿Tratamiento? —Elara sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal, un presentimiento oscuro que la dejó sin aliento.

​—Un especialista vendrá esta tarde —anunció él, recuperando su tono de barítono educado, el tono que usaba para dar órdenes de ejecución financiera—. Un pequeño procedimiento en las cuerdas vocales. Algo muy sutil, una modulación quirúrgica para que tu tono alcance la frecuencia exacta de la de ella. Tu acento americano es... una impureza, un ruido que ya no puedo tolerar en mi santuario.

​Elara apretó los cubiertos de plata con tal fuerza que los bordes se clavaron en sus palmas. Estaba atrapada en una pesadilla de alta sociedad. Alistair no buscaba una compañera, ni siquiera una amante; buscaba un milagro quirúrgico que completara su santiamén de obsesión.

​Mientras tanto, en el ático de cristal que desafiaba el horizonte de la City, Dante Vance observaba la ciudad con la misma intensidad con la que un general observa un campo de batalla antes de la carga final. No había dormido. Su camisa blanca estaba impecable, pero el vaso de whisky de malta en su mano y las sombras bajo sus ojos de grafito indicaban que su paciencia se estaba agotando.

​Seraphina entró en la estancia. Su rostro era una máscara de eficiencia profesional que ocultaba un odio renovado hacia la mujer que mantenía a su jefe anclado en territorio enemigo.

​—El ataque a las posiciones de Singapur ha sido un éxito quirúrgico —informó Seraphina—. Cavendish ha tenido que liquidar sus reservas de oro para sostener su crédito en Europa. Está herido, Dante. Pero es un animal con linaje. Ha movido sus hilos en el Parlamento para solicitar una investigación sobre nuestras licitaciones en el puerto. Quiere convertir esto en una guerra de banderas.

​Dante no se inmutó. Caminó hacia el ventanal, donde un telescopio de alta precisión apuntaba directamente hacia los ventanales de la mansión Cavendish. Podía ver el movimiento de los criados, la opulencia de las cortinas... y la jaula donde guardaba su obsesión.

​—Que investiguen. Mis abogados tienen más poder que sus lores. Lo que me interesa es el movimiento interno de esa casa. ¿A quién ha llamado Alistair hoy?

​—A un cirujano foníatrico de Harley Street —respondió Seraphina con una mueca de asco—. Parece que Alistair quiere que "Camila" no solo se vea como ella, sino que suene como ella. Quiere borrar el último rastro de quién fue. Es una necrofilia psicológica.

​Dante apretó el cristal del vaso hasta que la mano le tembló. La idea de Alistair interviniendo el cuerpo de Elara, modificando su voz, alterando la esencia de la mujer que él consideraba su propiedad por derecho de sangre y venganza, hizo que su máscara de frialdad se agrietara.

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