El silencio en la habitación principal de la mansión Vance era tan denso que el tic-tac del reloj de pared parecía el golpe de un martillo contra un yunque. Dante permanecía de pie, con la mandíbula apretada y los brazos cruzados, observando cómo el doctor Miller terminaba de revisar a la mujer que yacía inconsciente en la inmensa cama de seda. Elara parecía una mancha de porcelana rota contra el azul profundo de las sábanas; su respiración era superficial, rápida, como si incluso el acto de inhalar fuera una tarea agotadora para su cuerpo exhausto.
El doctor Miller, un hombre que había servido a la familia Vance durante décadas y que conocía los secretos más oscuros de Dante, se puso de pie y guardó su estetoscopio con una expresión de profunda preocupación.
—¿Y bien? —preguntó Dante, su voz sonando más ronca de lo habitual—. ¿Qué truco está usando ahora para llamar la atención?
El médico suspiró, mirando a Dante con una severidad que pocos se atrevían a mostrarle al magnate.
—Si esto es un truco, Dante, es uno mortal. Tu "esposa" no está fingiendo. Tiene una anemia severa, deshidratación y un cuadro de desnutrición que no se desarrolla en un par de días. Su cuerpo está al límite del colapso sistémico. Además, sus niveles de cortisol sugieren un estado de estrés crónico que habría doblegado a un hombre adulto en semanas.
Dante sintió una punzada de algo que se negó a identificar como culpa. Dio un paso hacia la cama, mirando las manos de Elara que descansaban sobre el edredón.
—Ella siempre fue delgada —mintió Dante, tratando de convencerse a sí mismo—. Probablemente es una nueva dieta extrema para lucir el vestido de la gala.
—Esto no es una dieta, Dante —lo cortó el médico con dureza—. Esto es hambre. Hambre real. Y agotamiento físico extremo. He revisado las palmas de sus manos y sus rodillas; tiene laceraciones que están tratando de sanar por sí solas, pero su sistema inmunológico está tan deprimido que tardarán el doble. Necesita reposo absoluto, alimentación asistida y, sobre todo, que dejes de tratarla como si fuera un soldado en campo de batalla.
Dante apretó los puños. "Hambre". La palabra resonó en su mente, chocando contra la imagen de Camila gastando miles de dólares en cenas de caviar y champán. ¿Cómo podía la misma mujer estar desnutrida? ¿Era posible que su actuación de "pobre chica de barrio" hubiera llegado al extremo de matarse de hambre solo para engañarlo?
—Haga lo que tenga que hacer, doctor —sentenció Dante, recuperando su máscara de frialdad—. Pero no se llame a engaño. Esta mujer es una maestra de la manipulación. Si tiene que alimentarla por vía intravenosa para que no muera antes de que yo termine con ella, hágalo.
Cuando el médico se marchó, dejando una serie de frascos y vitaminas sobre la mesa de noche, Dante se quedó solo con Elara. La luz de la luna bañaba la habitación, dándole a la escena un aire fantasmal. Dante se acercó a la cama y se sentó en el borde, observando el rostro de la mujer que juró destruir. Sin el maquillaje de la gala, se veía incluso más joven, casi infantil.
De repente, Elara empezó a agitarse. Un gemido de dolor escapó de sus labios secos.
—No... por favor... el cable no... —balbuceó en medio de la fiebre—. Papá, respira... yo limpiaré... yo lo haré todo... Dante, no lo apagues...
Dante se quedó petrificado. Sus delirios no hablaban de joyas, ni de amantes, ni de cuentas bancarias. Hablaban de un cable, de limpieza y de un miedo atroz hacia él. La duda, esa pequeña semilla venenosa, volvió a crecer en su pecho. ¿Y si realmente se había equivocado? Pero entonces, el recuerdo de Julian, pálido y frío en su ataúd, volvió a su mente como una bofetada.
—No me vas a quebrar, Camila —susurró Dante, acercando su mano al rostro de ella, pero deteniéndose a milímetros de tocar su piel—. No voy a dejar que tu fragilidad sea mi debilidad.
A la mañana siguiente, Elara abrió los ojos. Le dolía cada centímetro de su ser, pero lo primero que sintió no fue el dolor, sino la suavidad de las sábanas. Se incorporó con un gemido, dándose cuenta de que ya no estaba en el suelo de mármol, sino en la cama de Dante. El pánico la invadió de inmediato. ¿Qué había pasado? ¿Él la había tocado?
—Despiertas justo a tiempo —la voz de Dante llegó desde el rincón de la habitación. Estaba sentado en un sillón, con una taza de café negro en la mano, observándola con ojos que no mostraban ni una pizca de la duda de la noche anterior.
—¿Qué hago aquí? —preguntó Elara, cubriéndose con el edredón hasta la barbilla.

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