—¿Y cómo le vas a hacer? —preguntaron Mireya y Martina, llenas de curiosidad.
Cecilia también se le quedó viendo a Macarena.
La chica soltó su plan con toda la seguridad del mundo:
—Pues con dinero, obvio. Tengo lana de sobra y ya saben lo que dicen: ¡con dinero baila el perro!
Cecilia no aguantó y soltó una carcajada.
Sin embargo, Mireya y Martina creyeron que la idea no sonaba tan mal.
—Fíjate que tu lógica tiene mucho sentido, Macarena.
—Si hay dinero de por medio, seguro sobra quién nos quiera ayudar.
—Vamos a poner un aviso. No solo pediremos las grabaciones de la cafetería, sino que le pagaremos al que haya escuchado con sus propios oídos a Ceci rechazando a Sabrina, para que sirva de testigo.
—¡Con una buena recompensa, seguro alguien se anima!
—¡Me parece perfecto, yo me encargo! —aceptó Macarena sin dudarlo.
De pronto, como si hubiera caído en la cuenta de algo, volteó a ver a Cecilia.
A ver, un momento. Si ella podía pagar eso sin broncas, ¡con más razón Cecilia!
¡Cecilia tenía muchísima más lana que ella!
El rumor decía que, en la famosa cena de gala, el señor Esteban Ortega le había cedido a su nieta las acciones que le correspondían a su difunta hija.
¡Fácilmente Cecilia tenía una fortuna multimillonaria!
¿Y esa chava con cuentas de banco hasta el tope les estaba diciendo a ellas que “no tenía peso”?
Si ella no era nadie, ¿entonces qué rayos eran ellas?
—Oye, Cecilia —dijo Macarena—, ¿y si le pides el favor a tu familia? Conseguir el video de la cafetería de la universidad sería pan comido para ellos, ¿no?
Cecilia supuso que Macarena no se refería a Enzo, sino a Valentín.
Valentín era profesor de la facultad de Matemáticas en la Universidad de Viento Claro.
Para él, pedir acceso a las cámaras de la cafetería no sería mayor problema.
—Ya veremos —respondió Cecilia, sin darle mucha importancia al asunto.
No obstante, por si las dudas, encendió su computadora.
Martina se quedó en el cuarto un ratito más y, cuando se aseguró de que Cecilia había entendido bien la situación, se regresó a su habitación.


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