Afortunadamente, Tiago era el tipo de hombre que calculaba tres movimientos por adelantado.
Si la ruta de Carlos fallaba, ¡simplemente usarían a su mayor enemigo!
En el instante en que Carlos se negó a darles el pase para Cecilia, el chofer le envió una señal en secreto a Guzmán.
Seguramente ya estaban por llegar.
Carlos ni se imaginaba que Tiago había anticipado su traición.
Cuando Guzmán y sus hombres los rodearon, Carlos se dio cuenta de la trampa.
—¡Guzmán! ¿Qué demonios haces aquí? ¡No olvides que este es mi territorio!
Ambos líderes nunca se habían soportado. Tenían sus roces constantemente, pero mantenían un acuerdo de no agresión.
—Tranquilo, Carlos, no te esponjes. Escuché que mis invitados especiales estaban en tus tierras, así que vine a recibirlos personalmente.
Ambos se dedicaban al mismo negocio y tenían la regla de no robarse clientes.
Guzmán nunca antes se había atrevido a pisar el territorio de Carlos.
Quién sabe cuánto dinero le habrían prometido para romper las reglas.
Carlos lo fulminó con la mirada.
—Guzmán, sabías perfectamente lo que hacías.
—¿Cuánto te pagó ese tal Tiago?
Carlos solo podía deducir que Tiago había pagado una fortuna para enfrentarlos.
Si las cosas hubieran salido bien y hubieran cruzado sin problemas, no pasaba nada.
Pero en el instante en que él retuvo a la chica, llamaron de inmediato a Guzmán para que la robara.
El apetito de Guzmán era mucho más voraz que el suyo.
Y le importaban muy poco los códigos de honor de la calle.
Si hoy lograban llevarse a Cecilia, la chica terminaría sin duda en Estrellonia.
El rostro de Carlos palideció. Por un segundo pensó en llamar a la policía.
Pero involucrar a las autoridades equivalía a destruir su propio negocio.
No confiaba en que la policía se hiciera de la vista gorda con él.
—¡De ninguna manera! ¡La persona en esa camioneta es nuestro objetivo principal!
—¡Guzmán, ¿por qué crees que nos detuvo?! ¡Quieren robarnos al genio médico de Mirasia!
—¡Tú también eres Mirasiano, no puedes ser cómplice de esto!
¿Genio médico?
Los ojos de Guzmán brillaron con comprensión. De pronto entendió por qué Carlos estaba tan aferrado a retener a la joven.
—¿Acaso la quieres para curar tu problema de infertilidad?
Los rumores decían que Carlos no podía tener hijos.
Tenía una esposa hermosa, pero de salud delicada, y como él era estéril, nunca habían podido formar una familia.
¿Qué clase de doctora era esa joven? ¿De verdad podría curarlo?
—¡Infértil tu abuela! —Carlos tuvo que contener las ganas de romperle la cabeza con un ladrillo.
—¡Solo no quiero que esos extranjeros nos roben a un talento de nuestro país!

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