—¡No olvides que todavía no has recibido tu último pago!
Vanessa no se atrevía a enfrentarse a Carlos directamente, pero humillar a Santino no le causaba ningún remordimiento.
Santino quería su dinero, así que miró a su primo con ojos suplicantes.
—Primo, por favor, quiero ir con ellos a Estrellonia. Échame la mano.
La voz de Santino temblaba; su súplica carecía por completo de convicción.
Carlos fulminó con la mirada a su familiar.
—¿Acaso tienes aserrín en la cabeza?
—¡Irte a Estrellonia ahora es peor que ir a la cárcel! ¿Crees que es el paraíso o qué?
Incluso si quería evitar la prisión, ¿por qué no tomar los pases que él le daba y esconderse en otro lado?
¿Por qué aferrarse a ir a Estrellonia a sufrir?
Para Carlos, ese país no tenía nada de bueno.
Sin mencionar sus prácticas cuestionables, el costo de vida allá era imposible para alguien común.
Con lo inútil que era Santino, ¿realmente creía que iba a triunfar en el extranjero?
Pero al ver la determinación absurda en el rostro de su primo, prefirió no insistir.
Creía que le estaba dando un buen consejo a su propia sangre.
Pero, ¿quién podía entender la basura que este idiota tenía en el cerebro?
—No quiero ir a la cárcel —gimoteó Santino—. ¡Primo, todavía soy virgen!
Carlos sintió que le iba a dar un infarto.
—¿Qué tiene que ver la cárcel con que seas virgen?
¡Dios santo! ¿En qué demonios pensaba el nieto de su tío abuelo todo el día?
—No quiero que me estrenen por la puerta de atrás sin haber conocido a una mujer —logró balbucear Santino después de tartamudear un buen rato.
—¡Pfft! —Carlos casi le escupe el té en la cara.
¿Qué clase de broma de mal gusto era esa?
—Santino, yo no decido si vas a la cárcel o no.
—Eres un fugitivo. ¡O te largas ahora mismo, o llamo a la policía para que te vengan a buscar!

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