Pero las habilidades de Cecilia eran innegables.
Quedó claro con la cirugía que le había hecho al conductor.
Sin embargo, aunque fuera un genio, ¿qué le importaba a Santino?
Él apenas podía salvar su propio pellejo, no iba a hacerse el héroe.
¡Prefería mil veces aliarse con la gente de Estrellonia!
—¿Dices que es un genio de la medicina? —Los ojos de Carlos brillaron—. ¿Y dónde está esa persona?
El hombre hizo el ademán de ir a comprobarlo por sí mismo.
—Inconsciente. Está en la camioneta —respondió Santino, demasiado honesto.
Vanessa, por el contrario, se puso en guardia.
—¿Para qué quieres ver a nuestra rehén?
—Ya te pagamos.
—¡El trato era que nos ayudarías a cruzar la frontera!
La mujer estaba a la defensiva.
Lamentablemente, a Carlos ella no le importaba en lo absoluto.
Sí, había aceptado el trato, pero solo porque la oferta económica era groseramente alta.
De no ser por el dinero, ¡jamás habría ayudado a un grupo de Estrellonia a cruzar!
Como Mirasiano, aunque solo tuviera educación básica, conocía la amarga historia y el resentimiento entre ambas naciones.
Frente al orgullo de su tierra, el honor personal pasaba a segundo plano.
Pero necesitaba la plata, y por eso había cedido.
En el fondo, Carlos los despreciaba.
Que esta mujer extranjera viniera a darle órdenes en su propio territorio lo irritaba profundamente.
—En efecto, ya pagaron. Y no he dicho que no los vaya a dejar pasar.
El rostro de Carlos se endureció.
—¡Pero el trato era para cruzarlos a ustedes, nunca mencionaron que se llevarían a un genio médico de nuestro país!
—Ahora hay una persona extra. Así que, o me pagan más, o la muchacha se queda.
Su tono no dejaba espacio para negociaciones.

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