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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1582

Pero las habilidades de Cecilia eran innegables.

Quedó claro con la cirugía que le había hecho al conductor.

Sin embargo, aunque fuera un genio, ¿qué le importaba a Santino?

Él apenas podía salvar su propio pellejo, no iba a hacerse el héroe.

¡Prefería mil veces aliarse con la gente de Estrellonia!

—¿Dices que es un genio de la medicina? —Los ojos de Carlos brillaron—. ¿Y dónde está esa persona?

El hombre hizo el ademán de ir a comprobarlo por sí mismo.

—Inconsciente. Está en la camioneta —respondió Santino, demasiado honesto.

Vanessa, por el contrario, se puso en guardia.

—¿Para qué quieres ver a nuestra rehén?

—Ya te pagamos.

—¡El trato era que nos ayudarías a cruzar la frontera!

La mujer estaba a la defensiva.

Lamentablemente, a Carlos ella no le importaba en lo absoluto.

Sí, había aceptado el trato, pero solo porque la oferta económica era groseramente alta.

De no ser por el dinero, ¡jamás habría ayudado a un grupo de Estrellonia a cruzar!

Como Mirasiano, aunque solo tuviera educación básica, conocía la amarga historia y el resentimiento entre ambas naciones.

Frente al orgullo de su tierra, el honor personal pasaba a segundo plano.

Pero necesitaba la plata, y por eso había cedido.

En el fondo, Carlos los despreciaba.

Que esta mujer extranjera viniera a darle órdenes en su propio territorio lo irritaba profundamente.

—En efecto, ya pagaron. Y no he dicho que no los vaya a dejar pasar.

El rostro de Carlos se endureció.

—¡Pero el trato era para cruzarlos a ustedes, nunca mencionaron que se llevarían a un genio médico de nuestro país!

—Ahora hay una persona extra. Así que, o me pagan más, o la muchacha se queda.

Su tono no dejaba espacio para negociaciones.

Incluso ella y el conductor, que eran piezas encubiertas, habían tenido que salir a la luz.

Él había terminado arrestado. Y después de todo eso, ¿no iban a poder llevarse a Cecilia?

Si fracasaban tras tantas pérdidas, los altos mandos de Amanecer enloquecerían.

Ninguno de ellos saldría bien librado.

Vanessa recordó los brutales castigos de su infancia y palideció.

Se tragó su orgullo y trató de suavizar su tono.

—No fue mi intención ofenderlo, señor Carlos. Solo espero que cumpla con el trato.

—Dígame, ¿cuánto dinero extra estamos hablando?

Cuando estás bajo el techo de otro, no queda más remedio que agachar la cabeza.

La primera solución que se le ocurrió fue pagar.

Había ahorrado bastante dinero a lo largo de los años. Si la cifra no era ridícula, podía cubrirla ella misma.

En cuanto a contactar a Tiago, ya lo había intentado sin éxito. No tenía idea de en qué diablos estaba metido ese hombre.

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