Si algo le pasaba, se correría el rumor de que la universidad no sabía educar a sus estudiantes.
Por suerte, Gonzalo era un hombre razonable.
Frente a los profesores, mostró una actitud mucho más amable.
—No los culpo a ustedes, es este muchacho al que se le cruzaron los cables.
—Es mi nieto, así que yo mismo me encargo de disciplinarlo.
Los profesores sonrieron con nerviosismo.
El problema no era si le pegaba o no, sino que un escándalo de esa magnitud afectaba la imagen de la institución.
—Lo que nos preocupa es su salud, señor —dijo uno de los directivos, demostrando su tacto para hablar.
Gonzalo hizo un gesto con la mano para restar importancia.
—No se preocupen, estoy más sano que un roble.
—Entonces, ¿qué le parece si buscamos un lugar privado para que pueda educar a su nieto? Si le sigue pegando aquí, podría lastimar a algún estudiante por accidente.
El directivo intentaba convencerlo con diplomacia.
Pero a Gonzalo no era fácil engañarlo.
—Pierda cuidado. En mi juventud fui francotirador. Aunque ya estoy viejo y me falta un ojo, todavía tengo una excelente puntería.
—Le aseguro que no le daré a nadie más.
El directivo se quedó mudo. No sabía si elogiarlo o qué responderle.
—Pero...
—El profesor tiene razón, abuelo Gonzalo. Si le sigue pegando aquí, solo le dará un espectáculo a los demás estudiantes. Mejor...
Al escuchar que Johanna parecía defenderlo, Tomás estaba a punto de dirigirle una mirada de agradecimiento, cuando la escuchó terminar la frase.
—Mejor lléveselo a la casa y cuélguelo para darle su merecido.
La poca gratitud que Tomás sintió se esfumó en un instante.
Bien decía el dicho: no hay nada más peligroso que una mujer despechada.
Gonzalo estaba encantado con Johanna, le parecía la nieta política perfecta, y no dejaba de lamentar la situación.
Estaba a un paso de formar parte de la familia Vera, pero su nieto lo había arruinado todo.
—Johanna, perdóname. Es mi familia la que te ha fallado.
—Pero no te preocupes, te juro que le daré una buena lección para hacerte justicia.
—¿Qué te parece la idea?
No solo Johanna se quedó sin palabras; Tomás estaba boquiabierto.
—¡Abuelo! ¿Cómo se te ocurre decir eso?
Hablaba de su primo mayor, aunque se criaron casi como hermanos.
Se llevaban bastante bien.
Tomás lo respetaba mucho, pues era un hombre brillante, graduado de la Universidad Industrial del Norte.
Tenía un puesto excelente.
Y era el nieto consentido del anciano.
Su único defecto era que ya pasaba de los treinta y seguía soltero.
Lo único en lo que Tomás sentía que superaba a su primo era en tener pareja.
¡Y ahora su abuelo quería presentarle a su exnovia! ¡No era justo!
A Gonzalo le hervía la sangre solo de escuchar la voz de su nieto menor.
—¡Tú cállate, Tomás Dubost! ¿Qué tienes que ver tú con la familia Vera?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana