Tomás estaba que se lo llevaba el diablo.
—¡No me digas Tomás Dubost! ¡El apellido de Charlotte es Dubois!
—Ah, entonces eres Tomás Dubois.
El abuelo era experto en lanzar comentarios sarcásticos.
Después de escuchar eso, Tomás se quedó mudo por el coraje, incapaz de articular una sola palabra para defenderse.
Gonzalo volvió su atención hacia la chica.
—Johanna, ¿qué opinas?
Johanna ya conocía al primo de Tomás. Para ser honesta, se veía como un hombre culto y educado. Quizás no era tan labioso como Tomás para conquistar mujeres, pero sin duda era un hombre formal y de fiar.
—Si su primo está de acuerdo, yo no tengo ningún problema.
El abuelo Gonzalo tenía razón.
Había invertido demasiado tiempo y esfuerzo en esa relación; ¿por qué iba a dejar que Tomás se saliera con la suya tan fácil?
Si el anciano no fuera tan mayor y el padre de Tomás no fuera su hijo menor, hasta le hubiera gustado casarse con el papá de Tomás para convertirse en su madrastra.
¡Sería increíble verlo agachar la cabeza para saludarla con respeto en cada fiesta familiar!
Los curiosos que observaban, incluyendo a Cecilia y a su amiga, pensaron que Johanna no se andaba con rodeos.
¡Aceptar una propuesta así era de otro nivel!
Pero pensándolo bien, todo era culpa de Tomás.
Si no la hubiera sacado de sus casillas, ¿acaso Johanna habría aceptado algo semejante?
—¡No! ¡Me niego rotundamente!
Tomás sentía una profunda humillación.
Si su exnovia se casaba con su primo, sería el hazmerreír de todos.
Los que no supieran la verdad pensarían que su primo le había puesto los cuernos.
¡Por supuesto que no estaba de acuerdo!
La razón por la que había endiosado a Charlotte era precisamente porque le gustaban las chicas dulces y sumisas, no las mujeres de carácter fuerte como Johanna.
En el fondo, Tomás era bastante machista.
No soportaba que Johanna siempre intentara organizar y controlar su vida.


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