—Nada grave, nomás quería preguntarte qué demonios me hiciste el otro día. ¿Por qué me ha estado doliendo tanto?
A la hora de intentar tener intimidad, el dolor era insoportable. Hasta su amante empezaba a sospechar que estaba enfermo de verdad y le andaba sugiriendo que fuera al urólogo.
El ego de Gregorio estaba por los suelos, así que llevaba días sin pararse por el departamento de la amante.
Al llegar a su casa, su esposa pensó que por fin iba a cumplir con sus deberes maritales, pero después de un rato de forcejeo, la cosa nomás no funcionó.
La mujer se indignó y le reclamó que seguro venía exprimido por alguna cualquiera y por eso regresaba a dar lástima.
Gregorio estaba que se lo llevaba el diablo del coraje y no tenía con quién desquitarse. Y mira tú por dónde, se venía a topar con Cecilia en el hospital.
—Yo no le hice nada, señor Calvo. ¿No se estará confundiendo? —respondió Cecilia con cara de inocente.
—¡Claro que no me confundo! A ver, ¿qué traes con ese Sandoval? —le espetó—. ¿Te está manteniendo o qué?
—¿A poco crees que te va a ir mejor con él que conmigo? —insistió Gregorio—. Él nada más tiene dinero, en cambio yo te puedo ofrecer...
No alcanzó a terminar la frase porque Roberto salió de la habitación en ese instante. Al mismo tiempo, Alba llegó a toda prisa por el pasillo.
Venía a traerle la comida a Jacobo. Cuando vio que alguien tenía acorralada a Cecilia, de inmediato intuyó que el tipo no traía buenas intenciones.
—¡Ceci!
—Doctora Ortiz.
Alba y Roberto la saludaron casi al unísono.
Cecilia le dio un asentimiento a Roberto y luego volteó hacia su amiga.
—Alba, ¿le traes de comer a Jacobo?
—Sí, pero... ¿qué está pasando aquí? —preguntó Alba, y al mirar de reojo al sujeto, se dio cuenta de que lo conocía.
—Ay, ¿cómo crees? Nada que ver conmigo, todo fue por culpa de mi hijo... —Gregorio soltó una risa nerviosa y se tapó la boca al darse cuenta de que había hablado de más.
—Digo, tampoco tuvo que ver mi hijo. Son achaques del viejo, ya ves cómo es esto de la edad.
—¿Y tú, Alba? ¿Vienes a ver a Jacobo? —intentó cambiar de tema rápidamente—. Qué bárbara, qué considerada saliste para ser la futura nieta política.
—Pero te voy a dar un consejo, mija, nomás porque me caes bien: no te ofrezcas de más, que luego no te valoran. Todavía ni firmas el papel y ya le andas haciendo la tarea a Fabián con su abuelo.
—Al rato se va a malacostumbrar y va a querer que le resuelvas todo. Si eres lista, hazme caso y bájele dos rayitas a tu empeño.
—Hoy en día el hombre es el que tiene que sudar la gota gorda antes de la boda, porque si no, luego las que le batallan son ustedes.
Alba se quedó muda ante tal comentario. Hay que admitir que el viejo tenía labia, y para colmo, lo que decía no sonaba tan descabellado.
Si Alba no supiera de antemano que este viejo mañoso solo buscaba meter cizaña, hasta le habría dado la razón.

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