Guillermo ya había perdido la cuenta de cuántas veces había rechazado los intentos de su familia por organizarle citas a ciegas.
Sus familiares siempre inventaban cualquier excusa para meter mujeres en su vida, lo cual lo tenía harto.
Sabía que lo hacían con la esperanza de que se casara, tuviera hijos y recuperara las ganas de vivir.
Pero la verdad era que ninguna mujer le inspiraba motivación alguna.
¡En ese momento de su vida, lo único que quería era tirarse al abandono!
Agradecía las buenas intenciones de su familia, pero no tenía nada que ofrecerles a cambio.
Y mucho menos quería arruinarle la vida a una chica.
Guillermo se dirigió a abrir la puerta a paso de tortuga.
Al abrirla y ver a Cecilia de frente, se quedó un poco sorprendido.
Y no era para menos; esta vez su familia se había lucido al conseguirle a alguien tan hermosa.
Pero, ¿de qué servía que fuera tan bonita?
¿Acaso querían que un inútil como él la amarrara para siempre?
Guillermo incluso se tocó la cara; al presentarse ante una mujer con la barba tan descuidada, lo más seguro es que ni siquiera lo pelaría, ¿verdad?
—¿Mi mamá te mandó?
Cecilia lo miró confundida:
—No, fue tu abuelo...
Antes de que pudiera terminar la frase, Guillermo la interrumpió:
—¡No puede ser que mi abuelo también se preste para estas tonterías!
—Mejor regrésate por donde viniste, no pienso casarme.
—Además, mírame; estoy en una silla de ruedas y no podré caminar por el resto de mi vida. ¿De qué me sirve casarme?
—¿En serio ya no puedes ponerte de pie? —Cecilia no esperaba que el hombre le soltara lo del matrimonio nada más abrir la boca.
—No te desanimes, tal vez en el futuro logres volver a caminar.
A Guillermo le pareció extraño su comentario, pero se mantuvo firme:
—Aunque pudiera caminar, tampoco me casaría.
—Bueno, entonces no te cases —respondió Cecilia sin darle muchas vueltas.
Esa respuesta dejó a Guillermo completamente descolocado.
Si no venía buscando matrimonio, ¿entonces qué quería?
—Señor Guillermo Corrales, me presento formalmente. Soy Cecilia, la doctora que su abuelo Marcos contrató para usted.
Cecilia no tenía ninguna obligación de atenderlo.
Si la familia no se había organizado bien, su visita sería una pérdida de tiempo.
—¿O tal vez prefieres que venga alguien para una cita romántica?
¡Por supuesto que no!
Guillermo definitivamente no quería que su familia le armara otro encuentro.
Fue entonces cuando recordó la llamada de su abuelo de la noche anterior. Parecía haberle mencionado algo sobre un doctor que iría a revisarlo hoy.
Le había dicho que el especialista era muy joven, pero que tenía habilidades médicas excepcionales.
Le pidió de favor que no la corriera.
Y que cooperara con el tratamiento para intentar recuperarse lo más pronto posible.
Guillermo no le había dado la menor importancia a sus palabras.
Nunca imaginó que de verdad alguien tocaría a su puerta.
—Ya me acordé. Mi abuelo me avisó. ¿De verdad eres doctora?
¿En serio no era todo un engaño para una cita a ciegas disfrazada de consulta?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana