El conjunto que Sabrina había elegido era la edición especial de Fin de Año de SUNNY.
El precio del conjunto completo era de sesenta y seis mil, lo cual no era exageradamente caro, pero definitivamente no estaba al alcance de una persona común.
Mireya lo miraba con envidia: —Ese conjunto que lleva Sabrina es verdaderamente hermoso.
—Sí que lo es, y le queda perfecto.
Cecilia no escatimó en halagos.
A fin de cuentas, era la tienda de su familia. Si Sabrina gastaba dinero ahí, ella misma salía ganando, y a Cecilia no le molestaba en absoluto ganar más dinero.
Soltar cumplidos no le costaba nada.
Sabrina había dudado un poco al principio; después de todo, no eran seis mil pesos, sino sesenta y seis mil.
Aunque en su familia no faltaba el dinero, tampoco le permitían derrochar sin control.
Si su abuelo se enteraba, seguramente no le haría gracia.
Pero incluso Cecilia le había dicho que se veía hermosa, lo que impulsó a Sabrina a ir directo a la caja a pagar.
Si no por otra cosa, el simple hecho de que en Fin de Año casi nadie usaría el mismo diseño ya lo hacía valer la pena.
Charlotte también compró un conjunto; el suyo no era tan caro como el de Sabrina, costaba poco más de cinco mil.
No era una edición de Fin de Año, pero era igual de precioso.
Al ponérselo, Charlotte lucía un estilo inocente y cautivador a la vez.
No se podía negar que Charlotte era hermosa; por algo lograba atraer la atención de tantos estudiantes.
A pesar de que Charlotte era de Estrellonia, los chicos no podían resistirse a sus encantos.
—¿Tienen algo en mente, señoritas? ¿Gustan que les recomiende algo? —una vendedora se acercó, preguntando con entusiasmo y cortesía.
—Solo estamos echando un vistazo, no te preocupes por nosotras —respondió Cecilia rechazando la ayuda.
Mireya dejó escapar un suspiro de alivio.
—Es la primera vez que me da miedo que una vendedora me siga, pensaba que no me iba a alcanzar el dinero.
Antes no sentía esa presión, pues en su casa nunca había faltado el dinero.
A Cecilia le daba igual si la vendedora la seguía o no.
Pero notó que a Mireya le incomodaba.
Mientras daban una vuelta por el piso, Sabrina, que ya había pagado, se acercó a ellas.
Básicamente, eran revisiones médicas de rutina.
La mayoría de esos ancianos padecían de achaques crónicos que no se podían curar de la noche a la mañana, pero tras ser tratados por Teodoro, lograban sentirse aliviados por un buen tiempo.
Al menos les ayudaba a sobrellevar mejor el duro invierno y pasar un Fin de Año tranquilo.
Charlotte no solo no había conseguido que el abuelo Teodoro fuera a Estrellonia a curar a su maestro.
Ni siquiera había logrado verlo en persona.
Ahora entendía que, por más cercana que se hiciera a Sabrina, de nada le serviría.
Al final, Charlotte se dio cuenta de que su única opción era Cecilia.
Mientras Cecilia aceptara ir con ella a Estrellonia, estaba dispuesta a cumplir cualquier condición que le pusiera.
Por desgracia, Cecilia ni siquiera la miró, como si no se hubiera dado cuenta de su mirada.
En realidad, Cecilia sabía perfectamente lo que Charlotte estaba pensando.
Pero entre más insistía Charlotte en llevarla a Estrellonia, menos ganas tenía Cecilia de ir.
No se trataba de prejuicios, pero la lección de que no hay que confiar ciegamente en desconocidos aplicaba en cualquier parte del mundo.

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