Quién diría que en privado fuera de esa manera.
Al final, parecía que ambos habían asumido su papel de prometidos con total naturalidad.
Agustín llevó a Cecilia al elevador para subir a la planta baja y luego cruzaron hacia su departamento.
Al cruzar la calle, incluso le tomó la mano como si fuera lo más normal del mundo.
Cecilia no se apartó. Ese día ya había caído rendida ante sus encantos más de una vez, al punto que ya había aceptado sin reparos su título como la prometida del señor Sandoval.
Es más, ya estaba empezando a disfrutar de los beneficios que eso conllevaba.
Tras cruzar la calle, llegaron en cuestión de minutos al departamento.
Era un enorme penthouse de doscientos metros cuadrados con una vista espectacular.
Con solo echar un vistazo, Cecilia supo que admirar la ciudad de noche desde allí debía ser increíble.
—Ponte cómoda un rato, iré a cambiarme.
El "cambiarse de ropa" de Agustín incluyó una ducha rápida.
En apenas diez minutos estuvo listo. Salió de la habitación mientras aún se secaba el cabello con una toalla.
Cecilia estaba junto a la ventana, apreciando el paisaje y, de paso, disfrutando de la vista del guapo hombre recién salido del baño.
Pensó para sí misma que la vida de los hombres era mucho más sencilla; en un abrir y cerrar de ojos ya estaban limpios y arregados.
Agustín se tomó dos minutos para secarse el cabello con la secadora, y al terminar, lucía más impecable y guapo que nunca.
Cecilia lo contempló en silencio, disfrutando del momento.
Una vez listo, Agustín la llevó a desayunar a la empresa.
—¡Buenos días, señor Sandoval!
Al llegar, varias personas notaron que su jefe iba acompañado de una joven.
Entre ellos estaban los miembros del equipo de adquisiciones.
De inmediato reconocieron a Cecilia y se apresuraron a saludar a la futura señora Sandoval.
No hizo falta que Agustín hiciera una presentación oficial; en lo que duró el trayecto al comedor, el chisme sobre la visita de Cecilia ya había corrido por toda la oficina.
Anteriormente, el equipo de adquisiciones había comentado que la prometida de su jefe era originaria de Villa Solana.
Habían dicho que era hermosa, muy amable y con una personalidad encantadora.
Conocía a Agustín desde la infancia y era un par de años mayor que él.
Aprovechando la oportunidad, se acercó sin pena para preguntar: —Disculpe, señorita, ¿hay algo que cree que debamos mejorar en nuestros desayunos?
Cecilia no se esperaba que el propio chef le preguntara directamente, pero respondió sin dudar: —Todo está delicioso, no hay nada que necesite mejorar.
Si tuviera que sugerir algo, sería que el chef no apareciera de la nada para ver a la gente comer.
Eso sí que no ayudaba a la digestión.
Pero, obviamente, Cecilia no iba a decirle eso.
No quería que Agustín se pusiera en modo jefe estricto y terminara afectando el trabajo o el bono del pobre hombre.
Fue entonces cuando Agustín hizo las presentaciones.
—Él es el chef estrella de Novaterra, Quirino Cáceres.
—También es un amigo con el que crecí, es como un hermano mayor para mí.
—Su papá y su abuelo han sido los chefs de nuestra familia de toda la vida.

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