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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1299

—Agustín.

La voz de Cecilia sonó tan clara y fresca que era imposible adivinar lo culpable que se sentía.

Agustín soltó una carcajada suave; esta chica cruzaba la puerta de su casa y se le olvidaba que el resto del mundo existía.

No se había acordado de él en lo absoluto.

—¿Ya llegaste a Villa Ortiz? —preguntó, sin intención de reprocharle nada.

A fin de cuentas, él tampoco era un experto en el romance ni el hombre más detallista del planeta.

Gabriel, en cambio, era de los que le compraba los boletos de avión a su novia y la llevaba hasta la puerta del aeropuerto.

Agustín no tenía ese instinto incorporado.

Los pasajes los había comprado Cecilia por su cuenta.

Y para el aeropuerto la fue a dejar su primo.

Él hubiera querido ir, pero ella no le había dado ni la más mínima oportunidad.

—Sí, acabo de llegar y me di un verdadero banquete.

—La sazón de la tía Wilma es una maravilla.

Cecilia no era de alabar por alabar, pero la magia que hacía su tía en la cocina, combinada con los ingredientes frescos del campo, era otro nivel.

Agustín rio al otro lado de la línea: —¿Y cómo se compara con las manos de Quirino?

Él había probado la comida de la tía Wilma.

Y, para ser justos, el sabor era excelente.

No es que su técnica superara la de Quirino.

Pero tenía la gran ventaja de cocinar con ingredientes puros y naturales.

Sumado a los años de práctica cocinando lo mismo, lo hacía con los ojos cerrados.

—Cada uno tiene su encanto —respondió Cecilia con diplomacia.

—Yo no tengo un paladar tan exigente como para ponerme a dar veredictos culinarios.

No quería decantarse por ninguno; aunque si se trataba de técnica pura y dura, Quirino era el maestro indiscutible.

¡Pero la tía Wilma tenía el respaldo de los productos de la montaña!

El aire en Villa Ortiz era limpio y la tierra fértil; tanto las verduras como la carne tenían un sabor inigualable.

Mientras hablaba con Agustín, Cecilia le rascaba la panza al gato gordo que tenía en brazos.

Agustín le pidió que le mandara sus saludos a la abuela, y ella aceptó encantada.

Apenas cruzaron un par de frases más cuando escuchó a Jenny llamándola para ir a jugar unas partidas de cartas.

En el pueblo las opciones de entretenimiento eran escasas.

La abuela Lorena pensó que, con todos los jóvenes volviendo al pueblo por las fiestas, merecían un espacio para relajarse.

En especial su Ceci, que se mataba estudiando todo el año; ¿por qué no dejarla divertirse en sus vacaciones?

Había que admitir que la abuela pensaba en todo.

Cuando se trataba de su nieta, era la mujer más permisiva del planeta.

Cecilia ni siquiera sabía que habían metido semejante mesa automática a la casa.

—Ven, vamos a jugar unas manos —insistió Jenny.

Jenny amaba el clásico juego de mesa mirasiano.

Y desde que estaba embarazada, su afición había crecido a pasos agigantados.

Para colmo, solía tener rachas de muy buena suerte.

Aunque apostar no era un buen hábito, ¡ganar siempre sacaba una sonrisa!

Raúl nunca se metía en sus pasatiempos.

Además, Jenny casi nunca tenía tiempo libre.

Poder jugar una vez a la semana ya era un milagro.

—Pero yo casi no sé jugar —advirtió Cecilia, siendo completamente sincera.

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