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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1350

Sonaba a pura gravilla, áspera y desgastada, como ramas secas rompiéndose a cada palabra.

Al forzar la vista, Cecilia notó que el anciano traía puesto un gorro de lana calado hasta las cejas. Y su cara... un enjambre de manchas oscuras devoraba casi cada milímetro de piel, y en el cuello la cosa no pintaba mejor.

—Señor, para un chequeo correcto necesito luz. Usted viajó miles de kilómetros hasta Mirasia. Me imagino que no querrá volver con las manos vacías por una simple bombilla.

El mentor de Charlotte examinó a Cecilia con desconfianza bajo la penumbra.

—Enciéndala entonces —concedió el enfermo, suspirando con resignación—. Y mi nombre es Alain Dubois.

—¿Ah, sí? —murmuró Cecilia extrañada—. Charlotte me aseguró que usted había nacido en Mirasia.

¿Y entonces por qué lleva el nombre de Alain Dubois?

—Así es. Lo cambié legalmente al mudarme a Estrellonia.

Cecilia soltó una carcajada muda en su interior. Qué personaje tan cobarde, renegando hasta de su propio nombre para agradar a los extranjeros de Estrellonia.

—De acuerdo, entonces lo llamaré señor Dubois —Cecilia no tenía el menor interés en rascar en su pasado ni preguntar cómo se llamaba originalmente.

Si el hombre había optado por enterrar su identidad, era porque no deseaba hablar de sus raíces.

—¿Le parece bien si la llamo doctora Ortiz? —preguntó el sujeto. A pesar de la agitación al hablar, parecía ansioso por entablar la conversación.

—Doctora Ortiz, me dicen que es muy joven, pero Charlotte jura por su talento con la medicina.

—¿Cree ser capaz de decirme, con solo verme, cuál es mi enfermedad?

—¿Podría bajar la manta, por favor?

—Me gustaría examinar el resto de su piel para emitir un juicio.

Si el rostro era un desastre de costras negras, ¿cómo estaría el resto de su cuerpo?

Alain Dubois tiró de las sábanas hacia abajo, exponiendo los antebrazos, el pecho y dejándose ver un poco de la espalda.

No quedaba ni una sola pulgada de tejido sano.

Todo su torso era un lienzo de manchas pálidas y costras enrojecidas; se caía a pedazos, despellejándose como un animal enfermo.

La carne viva que quedaba al descubierto brillaba con un rojo intenso y purulento.

—¿Es posible quitarle el gorro?

Pero necesitaba una última prueba antes de soltar la bomba.

—Tuve a los mejores doctores del país a mi disposición, pero el avance de mi condición se volvió imparable.

—Los médicos de Estrellonia me aseguraron que el día que la piel de mi rostro comenzara a caerse, mis horas estarían contadas.

—¡Pero me niego a aceptarlo!

—¡Mi investigación aún no sale a la luz, el mundo aún no conoce mi nombre y no he levantado el premio mundial más importante!

—¡Le suplico, doctora Ortiz, que me dé la cura que necesito!

¡Qué nivel de soberbia y arrogancia manejaba el tal Alain Dubois!

A Cecilia no le quedó la menor duda. Todo ese discurso pomposo y ególatra se resumía en un grito desesperado: no estaba listo para estirar la pata.

Pero la ciencia era clara, tenía un pie metido en el cementerio.

Si cruzó medio mundo para buscar a la curandera de Mirasia, seguramente no era porque confiara en sus milagros caseros, sino que, a falta de ciencia, se agarraba de la medicina natural de hierbas como un último bote salvavidas.

Su instinto de supervivencia era bestial, pero querer aferrarse a la vida no significaba poder disfrutar de ella.

Viendo a un tipo como Alain Dubois, que se negaba a abandonar su ambición y solo buscaba una cura milagrosa para seguir destruyéndose por su trabajo, Cecilia llegó a una conclusión muy clara: no valía la pena malgastar sus esfuerzos en él.

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