Con esa vocecita dulce, estaba segura de que el primo de Cecilia caería rendido a sus pies.
Rayan la miró de reojo.
—Lo siento, pero he trabajado fuera de la ciudad por mucho tiempo, tampoco conozco bien Villa Solana.
—Además, no tengo ni idea de plantas medicinales. Se equivocó de persona.
La sonrisa de Charlotte se congeló.
Nunca en su vida se había topado con un hombre tan insensible y aburrido.
—Pero, al fin y al cabo, usted es de aquí. Debe conocer la ciudad mucho mejor que una extranjera como yo...
Antes de que pudiera terminar, Rayan la cortó de tajo:
—Entonces mi prima conoce mucho mejor el lugar. Debería pedírselo a ella.
Charlotte disimuló su molestia con un gesto de falsa vergüenza:
—Me encantaría invitar a Cecilia, pero acaba de terminar la consulta con mi maestro y ni siquiera ha podido descansar.
—Entonces esperen a que descanse y luego van —respondió Rayan, mirando a su prima.
Cecilia habló con un tono relajado:
—Por mí no hay problema, podemos ir a comprar las hierbas de una vez.
El rostro de Charlotte se iluminó con falsa alegría.
—¿De verdad? Qué pena molestarla tanto, Cecilia.
En el fondo, le habría encantado llamarla Ceci, pero recordó que la propia Cecilia le había dejado claro que no había confianza para apodos.
Charlotte se sentía humillada, pero no podía hacer nada.
Estaba convencida de que la frialdad de Cecilia se debía a que ella era de Estrellonia.
No había remedio, así eran los ciudadanos de Mirasia; ese rencor hacia su país se pasaba de generación en generación.
Había escuchado que el sistema educativo de Mirasia todavía machacaba los detalles de la antigua guerra en los libros de historia.
Muy diferente a su país, donde esos episodios ni siquiera figuraban en los textos escolares.
Si Cecilia hubiera sabido lo que Charlotte estaba pensando, seguramente le habría soltado: claro que no figuran, ¡porque ustedes manipularon la verdad para borrar sus crímenes!
En realidad, Rayan no entendía por qué su prima accedía a tratar a alguien de Estrellonia, y mucho menos acompañar a esta chica a comprar medicinas y enseñarle a prepararlas. ¿Qué pensaría la abuela de todo esto?
—Disculpe el malentendido. Veo que el señor Ortiz solo se preocupa por su prima.
—Tienen una relación de familia envidiable.
Charlotte puso cara de profunda admiración.
Aunque a saber qué tan sincera era.
Cecilia y Rayan salieron del hotel con Charlotte, pero no se dirigieron de inmediato a cualquier farmacia.
—Si hablamos de la mejor calidad en hierbas medicinales, el hospital de medicina natural es el lugar indicado.
—El problema es que allí hay que sacar cita y pasar por consulta para que te las vendan.
—Con esta receta que te escribí, no te las van a dar.
Cecilia se lo fue explicando a Charlotte mientras subían al auto.
—¿Y entonces qué hacemos? —preguntó Charlotte, fingiendo extrema angustia por la salud de su maestro—. Si no consigo las medicinas, se va a poner muy mal.
—Tranquila, no las compraremos dentro del hospital, pero cruzando la calle hay un par de farmacias muy confiables.
Cecilia le dio las indicaciones a Rayan para que arrancara.

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