—¿Qué le dijo? —preguntó Rayan instintivamente.
—¡Me dijo que un buen perro no estorba en el camino!
El sujeto de aspecto pulcro, pero de actitud arrogante, saltó de inmediato:
—¡Maldita sea! ¿Quién se cree que es para abrir la boca así? ¡Si le cedo el paso hoy, seré su burla para siempre!
Vaya manera de ganarse el odio ajeno.
Rayan fijó la vista en el otro individuo.
—Le toqué la bocina un montón de veces y no se movió. En ese momento no tenía a nadie detrás, lo lógico era que él retrocediera, pero el muy imbécil aceleró. ¿Acaso está ciego?
Los dos tenían su propia versión de la historia, creyéndose los dueños absolutos de la razón.
¡Y ninguno estaba dispuesto a ceder ni un milímetro!
Dentro del auto, Cecilia consideró la opción de dar marcha atrás y buscar otra ruta.
Charlotte le sugirió exactamente lo mismo.
—Cecilia, ¿y si tomamos otro camino? Así evitamos meternos en problemas y perder más tiempo.
La sugerencia de Charlotte sonaba sumamente prudente y sensata.
Pero al mirar por el retrovisor, Cecilia notó que ya había un vehículo bloqueándoles la salida trasera.
—No podemos retroceder, hay un auto detrás.
Sin bajarse, asomó la cabeza por la ventanilla y alzó la voz:
—Disculpe, señor, ¿podría hacerse un poco hacia atrás para que podamos salir?
Aunque se lo pidió con claridad, el conductor de atrás ni se inmutó.
¿Lo estaba haciendo a propósito?
—Cecilia, si quieres bajo un momento y hablo con él —se ofreció Charlotte.
—No hace falta —la detuvo Cecilia. Aún no sabía cuáles eran las verdaderas intenciones del tipo de atrás.
Si sus sospechas eran ciertas y todo era una emboscada, no quería que Charlotte saliera lastimada por su culpa.
—Tranquila, seguro que si se lo pido de buena manera nos hace el favor.
—En el peor de los casos, puedo usar mis encantos —bromeó Charlotte.
—Te dije que no —respondió Cecilia con firmeza. Aunque Charlotte no le caía especialmente bien, no iba a permitir que se expusiera de esa forma.

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