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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1412

Todo lo que doña Mercedes sentía se reflejaba de inmediato en su rostro. Una persona así, de no haber contado con la protección de su hermano mayor, el abuelo Esteban, habría sido devorada viva.

En su época de juventud, siendo profesora, lo más probable es que la hubieran relegado por su falta de tacto.

—Está bien, iré a hacerles compañía un rato —dijo la mujer, intentando mantener la compostura.

—Total, una o dos veces al año no hacen daño…

Cecilia no entendía por qué doña Mercedes, a su edad, todavía no tenía la libertad de jugar unas simples cartas sin sentir culpa.

Fue Enzo quien notó su confusión y se acercó a explicarle en voz baja.

—Apuesto a que no sabes esto. La tía abuela estaba enamorada en secreto del tío abuelo desde que estaban en la escuela. Cuando por fin logró casarse con él, adoptó esa fachada de esposa dócil y abnegada para complacerlo.

Pero, ¿qué tan dócil podía ser realmente una mujer de la familia Ortega?

Para encajar con su esposo, doña Mercedes había tenido que sacrificar gran parte de su verdadera personalidad.

Y aun a su edad, la forma en que miraba a su esposo seguía rebosante de adoración y respeto.

Era toda una vida siendo una romántica empedernida.

—Mis respetos para la tía abuela —dijo Cecilia, levantando el pulgar en señal de aprobación.

Mantener un papel durante toda una vida no era nada fácil.

Claro que, para que ella pudiera vivir en esa burbuja romántica, el abuelo Esteban tenía mucho mérito.

Enzo soltó una carcajada disimulada.

—¡Ni que lo digas! Se cuenta que cuando eran jóvenes, si el tío abuelo intercambiaba un par de palabras de más con alguna alumna, la tía abuela se iba a la casa a llorar a mares.

Y entonces, naturalmente, el abuelo Esteban se encargaba de darle un buen susto a su cuñado.

El profesor Jacinto Blancas había sido un hombre sumamente apuesto en su juventud, así que no era de extrañar que doña Mercedes lo marcara tan de cerca.

Aunque, considerando los años que llevaban juntos, era obvio que el profesor ya había descubierto la verdadera naturaleza de su esposa.

Por curiosidad, Cecilia dirigió su mirada hacia el profesor Blancas y, efectivamente, notó que él observaba a doña Mercedes con una ternura absoluta.

A pesar de los caprichos y berrinches típicos de una Ortega, para el profesor Blancas esos detalles no eran más que minucias sin importancia.

Él estaba dispuesto a consentirla, y lo había hecho durante décadas.

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