—Si no quieres divorciarte de mi papá, ¿entonces por qué sigues provocándolo de esta manera?
Davis ya no tenía ni un gramo de paciencia con su madre.
Después de todo lo que le habían dicho, incluida la tremenda discusión que habían tenido hace apenas unos días, ella seguía sin reflexionar un solo segundo sobre sus acciones.
¡Quién sabe en qué fantasía vivía para creer que casar a su hermana con un anciano divorciado le traería algún tipo de honor!
—¿Y cómo lo estoy provocando? —Helena soltó todo el veneno que llevaba dentro.
—Ustedes, los Ortega, se creen superiores a todo el mundo. Mi sobrino cometió un error, le rogué a tu tía Tatiana que nos ayudara y se negó rotundamente.
—Tu tío abuelo ni se diga, siempre mirándonos a todos por encima del hombro.
—Si no están dispuestos a hacernos un pequeño favor ahora, ¿crees que moverán un dedo por el futuro de tu hermana?
—Ese hombre podrá ser mayor, pero tiene conexiones políticas del más alto nivel. Si tu hermana se casa con él, será la esposa de un funcionario importante.
—¡Quién sabe, a lo mejor algún día es tu tío abuelo el que termine rogándonos a nosotros!
—Davis, todo esto lo hago para pavimentar tu futuro. ¿Por qué no puedes entenderlo?
Helena lloraba de verdadera desesperación.
Si su hijo, la luz de sus ojos, no podía entender sus sacrificios, ¿entonces de qué habían servido todos estos años?
—¿Entenderte a ti? ¿O debería decir, entender a los Gallegos? —replicó Davis con una risa sarcástica.
—No te hagas la inocente. Sé perfectamente que en todos estos años, el dinero que nos daban en Navidad y en nuestros cumpleaños mis tíos y abuelos maternos, no era ni una fracción de los miles y miles que tú les transferías a sus cuentas a escondidas.
Si Davis y Aurora recibían cien dólares en casa de los abuelos Gallegos, Helena se encargaba de devolverles miles al día siguiente.
Los Ortega eran millonarios, sí, pero esa no era excusa para que ella vaciara las cuentas familiares para enriquecer a su familia de origen.
Si sus abuelos maternos hubieran sido cariñosos, no le habría importado.
Pero Davis recordaba claramente cómo sus abuelos le daban la mejor comida a sus primos y, apenas veían llegar a él y a su hermana, se comían todo a escondidas sin invitarlos.
Esa actitud tan miserable le causaba repulsión.
No es que a él le hiciera falta la comida o el dinero, ¡era la actitud hipócrita lo que le daba asco!
—¿Cómo puedes ser tan rencoroso? ¿Vas a odiarlos toda tu vida por unas niñerías?

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