El guía era un hombre de unos cuarenta años llamado Nahuel.
Él pertenecía a una comunidad indígena local que vivía en las profundidades del Monte Nebuloso.
Su familia había subsistido de la montaña durante generaciones, antes cazando para vivir.
Por eso, conocía el lugar mejor que nadie.
—Nahuel nos ha guiado varias veces, conoce el Monte Nebuloso a la perfección —dijo Haroldo, compartiendo la información sin reservas.
Cuando Nahuel escuchó que querían entrar a buscar una hierba, no estuvo muy de acuerdo.
—En esta época del año es muy difícil salir del Monte Nebuloso una vez que entras. Ustedes no tienen experiencia, y además hay una mujer. Lo mejor es que no vayan.
El propio Nahuel no se atrevía a adentrarse demasiado en este clima.
Una vez dentro, las condiciones eran insoportables.
—Sé que a los jóvenes de hoy no les falta ni comida ni ropa, y les encanta la aventura.
—En otros lugares no me importaría, pero de este lugar, el que entra no siempre sale.
—Allá adentro no hay señal, hay problemas con eso del magnetismo, así que comunicarse con el exterior es imposible.
Problemas con el campo magnético.
Cecilia entendió a qué se refería.
—Señor Nahuel, sé que nos lo dice por nuestro propio bien. Pero la hierba que buscamos es para salvar vidas.
—Hay varias personas en estado crítico; si no logramos hacer el antídoto en setenta y dos horas, será su fin.
—Ellos son soldados, no temen al sacrificio, pero no podemos permitir que mueran por una conspiración de los estrellonianos, ¿no cree?
Si le hubieran dicho otra cosa, a Nahuel no le habría importado tanto.
¡Pero bastaba con mencionar a los estrellonianos para que se activara el sentido de alerta en la mente de cualquier mirasiano!
Pensaron que, aunque Nahuel tuviera otras intenciones, un solo hombre no podría causarles problemas, así que era mejor sacarle información.
Al fin y al cabo, era un veterano de la montaña; tal vez sabía dónde crecía y así se ahorrarían dar vueltas en falso.
Nahuel observó detenidamente el dibujo de la Hierba del Ensueño. La planta tenía un aspecto delicado, con hojas largas y finas que parecían picar un poco.
Sus pequeñas flores púrpuras se asemejaban a mariposas, y sus frutos, también púrpuras, parecían hermosas joyas.
La Hierba del Ensueño ciertamente hacía honor a su nombre: era hermosa y surrealista.
Su belleza no era su única virtud, pero era la más fácil de recordar.
Cecilia tenía mucho talento para el dibujo, por algo diseñaba ropa; así que plasmar la hierba le había resultado sencillo.
—Esta planta... creo que la he visto en alguna parte.
Nahuel había pensado que esos jóvenes adinerados solo querían jugar a los exploradores en el Monte Nebuloso.

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