—No te preocupes, haz lo que puedas. Yo te comparto la mitad.
Cristhian habló como si hubiera olvidado por completo que hace un momento quería doscientas botellas.
—En total serán quinientas botellas, Ceci. ¿Para cuándo crees poder tenerlas? —le preguntó a Cecilia.
Él esperaba que fuera pronto, pero también dependía del tiempo de la joven.
Cecilia no solo seguía estudiando, sino que en su tiempo libre atendía a muchos pacientes.
Sus horas de descanso eran escasas.
Por ejemplo, en esta misión, había pedido permiso en la escuela, pero en teoría podría haber descansado unos días en el hospital para reponerse del susto.
Ahora no solo no estaba descansando, sino que probablemente se llevaría un susto aún mayor.
Y con Agustín a un lado vigilándolo con mirada asesina, Cristhian no se atrevía a sobrecargarla.
Él hubiera querido mil botellas, apartar las de Haroldo y quedarse con ochocientas.
Su departamento enfrentaba todo tipo de situaciones en sus misiones y ese repelente contra insectos de Cecilia les venía como anillo al dedo.
—No puedo hacer tantas a la vez. Les prepararé cien botellas primero y ustedes se las dividen.
—Haré más cuando tenga tiempo.
—Pero les advierto, usar esto como una colonia de diario es un desperdicio. Si la usan solo cuando es necesario, les durará mucho tiempo.
Por supuesto, en un entorno como el Monte Nebuloso no se podía escatimar.
Tenían que usarla en abundancia o esos bichos y hormigas treparían sobre ellos y sería asqueroso.
Y quedó demostrado que había cosas peores que las hormigas.
Eran las sanguijuelas.
Aquí no solo estaban en el agua, sino también en los árboles y en el suelo.
Bastaba un descuido para que te cayera una en la nuca.
Cecilia no le temía a muchas cosas, pero sentía una aversión terrible por las sanguijuelas.
—En mi aldea, los niños vienen a la montaña a recolectarlas.
Sus palabras hicieron que a Cecilia se le pusiera la piel de gallina.
—Bueno, señor Nahuel, mejor ya no diga nada. —No es que sintiera verdadero pánico, solo le daban mucho asco.
Aunque el paraguas la protegía de las sanguijuelas que caían del cielo, de vez en cuando un par lograba trepar por el borde, arruinándole el ánimo.
A pesar de su disgusto, Cecilia no dejaba de mirar al suelo.
Si veía alguna hierba rara, no dudaba en recolectarla.
Llevaba una pequeña azadilla en la mano.
Agustín cargaba una cesta a la espalda.
Formaban un equipo perfecto: uno cavaba y el otro guardaba.
Sara y José, por su parte, seguían sus pasos de manera impecable, obedeciendo cualquier indicación de Cecilia.

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