—Yo no dije eso. Solo digo que hay gente a la que le gusta inventarse cuentos.
—Digo, si alguien tiene el ego tan grande como para hacer esperar a tres profesores de este nivel, su ética profesional deja mucho que desear... y seguro que sus supuestas habilidades médicas también son un invento.
Amaya se negaba a admitir que estaba muerta de envidia.
Cecilia no solo era mucho más hermosa que ella, sino infinitamente más brillante. Escuchar a su propio tío y a sus compañeros alabarla la estaba volviendo loca.
Como ya no podía retroceder, se agarró del único argumento que encontró: la impuntualidad.
Los expertos habían llegado por la mañana, pero Cecilia seguía durmiendo. Todos habían corrido hasta allí para obtener información de primera mano, ¡y la princesita estaba tomando una siesta!
¡Como si su tiempo valiera más que el de los profesores!
Amaya había empacado a las prisas, sin tiempo de traer sus mejores cosméticos ni su ropa bonita, lo que aumentaba su resentimiento.
Y al llegar y enterarse de que Cecilia estaba "descansando", su furia estalló.
Si Cecilia hubiera sabido lo que pensaba, le habría contestado que nadie la había obligado a venir. Estaba ahí por gusto, así que no tenía derecho a quejarse.
—Lamento muchísimo haberla hecho esperar —dijo Cecilia, sin inmutarse por el tono venenoso de la chica.
—¡Amaya Jerónimo! —estalló el profesor Xavier. No podía creer que su sobrina usara algo tan trivial para atacar a Cecilia—.
—¡¿Qué estupideces estás diciendo?!
No sabía en qué estaba pensando la chica. Se arrepentía en el alma de haberla aceptado como estudiante de posgrado; era un dolor de cabeza constante.
Agustín le lanzó una mirada gélida a Amaya.
—Esta señorita se queja del retraso de Cecilia. ¿Acaso no sabe que, si no fuera por el capricho de ustedes de venir hasta aquí, ella ya estaría descansando tranquilamente en Viento Claro?
—Veo que en realidad no necesitan saber nada de ella. Mejor váyanse directo a la montaña y dejen de perder su valiosísimo tiempo.
Agustín respetaba a esos profesores por su trayectoria, pero eso no significaba que iba a dejar que cualquiera pisoteara a su gente.
Si la estudiante era una igualada, ¿los expertos también iban a pecar de tontos?
¿Acaso Cecilia les rogó que la esperaran?
Fueron ellos quienes exigieron que Cecilia se quedara medio día más.
No hacía falta que terminara la frase. Todos en la mesa eran personas brillantes, no idiotas.
Antes de que Cecilia pudiera decir algo, los estudiantes de Viento Claro se le fueron encima a Amaya.
—No hables por los demás. Tu mala educación es solo tuya.
—Exacto. Qué vergüenza, estás dejando al profesor Xavier por los suelos.
—¿No te parece muy atrevido venir a un proyecto de esta magnitud sin siquiera saber de qué se trata?
—...
Los alumnos de la Universidad de Viento Claro no tenían pelos en la lengua.
Al final, Amaya, con lágrimas en los ojos y tragándose su orgullo, tuvo que disculparse.
—Perdóname, Cecilia. Me equivoqué, hablé sin conocer el contexto.
—Te ruego que seas comprensiva y no me guardes rencor.

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