Con Amaya fuera del panorama, Cecilia pudo respirar tranquila.
Tener a alguien tan inestable en el equipo era un riesgo. Le aterraba la idea de que alguien sacara la Hierba del Ensueño a escondidas para hacer daño. Esa planta ya era una amenaza por sí sola; había que cortar el peligro de raíz.
El Subcomandante Juárez había demostrado ser inteligente y rápido para actuar.
Amaya, por el contrario, estaba que echaba humo.
Siempre se había creído especial, como si fuera la protagonista de una novela. Después de todo, su tío era un académico de renombre.
Si mantenía un perfil bajo, podría haberse colgado del prestigio de su tío y asegurar su futuro. En cuanto se enteró del proyecto, corrió a llorarle a su tía para que convenciera a su esposo de llevarla, pensando que eso adornaría su currículum.
Y ahora, antes de siquiera empezar, una cualquiera la había humillado y dejado fuera.
Porque, en la mente de Amaya, ella no había hecho nada malo; todo era culpa de la venenosa de Cecilia.
Si no fuera por esa tipa, jamás la habrían corrido. ¿Cómo iba a darles la cara a sus compañeros de clase después de regresar como perro con la cola entre las patas?
Amaya llamó a su tía de inmediato, armando un drama.
Pero el profesor Xavier se le había adelantado.
La tía la frenó en seco:
—¡Todavía tienes el descaro de llorar! Tu tío ya me contó el berrinche que fuiste a hacer.
—¿Te crees que estás en el kínder? Allá afuera en el mundo real, nadie te va a solapar tus tonterías.
—Me costó sangre convencer a tu tío de que te diera esta oportunidad, ¡y vas y la echas a la basura en cinco minutos!
—Tu tío ya me dijo que la decisión está tomada. No hay marcha atrás.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana