—¡Qué conejita tan escurridiza! —murmuró Tiago, acomodándose los lentes de armazón dorado con una sonrisa cínica.
El hombre a su lado lo miró sin saber qué decir. ¿Cómo podía reírse en un momento así?
Sin embargo, era evidente que esa sonrisa escondía una profunda rabia e impotencia.
—Jefe Tiago, ¿continuamos la persecución?
El subalterno no estaba seguro de que pudieran alcanzarlos.
Tiago miró por la ventana: el acantilado era escarpado y las aguas del río rugían con furia, estrellándose contra las rocas.
Si seguían adelante, tenían todas las de perder.
Los refuerzos de Cecilia estaban a punto de llegar.
—Que el auto de adelante siga persiguiéndolos. Si logran embestirlos y tirarlos por el barranco, mucho mejor.
—Si los chocan, quiero que abandonen el auto y huyan a pie —ordenó Tiago tras calcular los riesgos.
Era, a todas luces, una sentencia de muerte para los hombres de ese vehículo.
—Pero... las órdenes de arriba eran capturarla con vida, ¿no? —titubeó su acompañante.
No era que dudara de la autoridad de Tiago.
El problema era que caer por ese acantilado era sinónimo de muerte. Por mucho que abajo hubiera un río, sobrevivir a esa caída era un milagro.
Como si de repente hubiera recordado un detalle menor, Tiago hizo un ademán despectivo.
—Entonces persíganlos solo cinco minutos más. Si no los alcanzan, aborten —dijo, mostrando lo volátil de sus decisiones.
Su subordinado comprendió al instante: Tiago nunca tuvo la intención real de alcanzarlos.
Sabiendo que el jefe siempre tenía un as bajo la manga, no hizo más preguntas.
Cinco minutos de persecución fingiendo que daban la vida en ello. ¡Eso podían hacerlo!
Aunque las habilidades al volante de Sara no superaban a las de Cecilia, su instinto de supervivencia le daba una agilidad envidiable.
Sumado a la potencia del motor militar, el auto que los perseguía no logró ni acercarse.
Tras exactamente cinco minutos de huida, José notó que algo andaba mal.

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