Pero si sus enemigos se enteraban, seguramente interferirían, y sería muy incierto si la joven regresaría sana y salva.
—Entendido, capitán Ortiz. Voy para allá de inmediato.
Kiara era una compañera que siempre cumplía con su deber.
Acataba las órdenes de sus superiores sin chistar.
Aunque también quería ayudar a salvar a los demás, la situación de Jerónimo Chávez era crítica.
Jerónimo era su compañero y no podía abandonarlo a su suerte.
En realidad, Jerónimo estaba perdidamente enamorado de ella.
Y que Kiara fuera a cuidarlo… ¿acaso no era una oportunidad que el capitán Ortiz les estaba dando en bandeja de plata?
El capitán parecía ser de hielo, pero en el fondo también tenía su lado atento y considerado.
—Capitán, ¿usted se encuentra bien?
Hace un momento solo había mencionado el estado de Jerónimo, pero nada sobre sí mismo.
Sin embargo, después de un accidente tan catastrófico, ¿era posible que el capitán hubiera salido ileso?
Nadie creería que el destino hubiera sido tan bondadoso con él.
Ante la pregunta, Samuel Ortiz respondió con serenidad:
—Estoy bien.
Si uno ignoraba el radio de comunicación teñido de sangre, sus palabras casi sonaban convincentes.
Pero sus heridas eran tales que hasta Agustín Sandoval negó con la cabeza al verlo.
—Capitán, será mejor que vaya al hospital. Nosotros nos encargaremos de ir tras Cecilia —sugirió Agustín.
Le preocupaba que Samuel Ortiz se desmayara a mitad de camino.
Al parecer, Cecilia Ortiz le tenía cariño a este primo mayor, y no quería que nada malo le sucediera.
Además, a simple vista se notaba que Samuel Ortiz era un oficial íntegro, de los que realmente marcaban la diferencia en la sociedad.
Alguien de su calibre no merecía morir en un accidente de tránsito.
Era más que probable que detrás de ese accidente estuviera la mano negra de la Organización Amanecer.
Que esa organización de Estrellonia se atreviera a causar tanto caos a plena luz del día, dejaba en claro lo poco que respetaban a Mirasia.

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