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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1667

—Que nadie mueva un músculo. Me la llevo abajo.

La falsa enfermera mantenía el cañón del arma hundido en la cintura de Cecilia y, aprovechando la tensión, comenzó a caminar hacia los ascensores usándola como escudo.

Cecilia cooperó sin oponer resistencia.

No le quedaba de otra. En ese momento, solo era una joven doctora, y el metal frío en su espalda le recordaba que cualquier movimiento en falso podría ser fatal.

José reaccionó de inmediato. Corrió hacia las escaleras de emergencia y, con una agilidad impresionante, se deslizó por el pasamanos. Bajó dos pisos en un parpadeo y presionó el botón del ascensor.

Justo a tiempo, las puertas se abrieron.

José entró como si nada, con la respiración calmada y sin una gota de sudor.

Solo sostenía su teléfono móvil, actuando como el típico joven que camina pegado a la pantalla, completamente ajeno a su entorno.

La asesina presionó el arma con más fuerza contra Cecilia, clavando una mirada llena de sospecha sobre José.

Pero aquel joven no parecía representar ninguna amenaza.

Estaba apoyado perezosamente contra la pared del ascensor, casi derretido sobre ella.

Aunque no se veía peligroso, la intuición de la asesina le impedía relajar la guardia.

Cuando llegaron a la planta baja, José fue el primero en salir, seguido de cerca por las mujeres.

Tanto el Departamento de Seguridad Especial como los oficiales de policía ya tenían un reporte claro de la situación.

Habían bloqueado las salidas del hospital.

En cuanto pisaran la calle, no tendrían escapatoria.

—A ver, dime, ¿cuántos policías crees que nos están esperando afuera?

A pesar de la tensión, la falsa enfermera tuvo el descaro de hacerle conversación a Cecilia mientras caminaban hacia la salida.

—Yo diría que ni uno solo —respondió Cecilia. Le pidieron que hablara, no que dijera la verdad.

Por supuesto, la asesina no se tragó el cuento de que no habría nadie esperándola.

Pero muy en el fondo, rogaba que fuera cierto para poder esfumarse sin problemas.

Sorprendentemente, al cruzar las puertas de cristal, la asesina no vio ni un solo uniforme. Incluso los guardias de seguridad del hospital seguían arriba.

Y es que los pobres guardias acababan de llegar al piso superior cuando les avisaron que la secuestradora ya había bajado. Estaban corriendo por las escaleras con los pulmones a punto de reventar.

Ellos no la alcanzarían, pero Sara sí. Ya estaba en la planta baja, escondida entre las sombras, esperando el momento exacto para atacar sin alertar a la secuestradora.

José seguía caminando muy cerca de ambas.

Pero no mostraba el menor interés en Cecilia ni en su captora.

El rostro de la falsa enfermera reflejaba impaciencia.

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